Quizá ya habéis oído algo de ellas.

bernardas albas 1

Viven en El Vacie, el poblado chabolista más antiguo y grande de toda Europa. Son ocho mujeres que comenzaron en un taller de teatro que tuvo que cerrar por la fuerte demanda.

Ahora representan con éxito en varias ciudades de España “La Casa de Bernarda Alba”, la obra de teatro de Federico García Lorca.

Y la mayoría son analfabetas.

Esto ha dicho a los medios una de ellas:

Antes me miraban como a una gitana, ahora me miran como si fuese paya

Si queréis verlas actuando, aquí un previo:

Algunas noticias que han publicado sobre ellas:

Foto: Mondelo

Los garbanzos están malos

Así vemos a la comunidad gitana.

Cuando me acerqué a conocer al equipo de la asociación, me comentaron lo ilusionados que estaban los chavales con el deporte.

Entonces vi a tres niñas acercarse por la acera. Una empujaba un carro con un hermanillo pequeño.

- ¿Y hay niñas?
- No -me dijo Ana, coordinadora de voluntariado.
- ¿Y eso?
- No se animan demasiado. Los padres tampoco suelen dejar.
- ¿Y a otros deportes? ¿Voléibol, baloncesto?
- Nada. Si juntamos a unas pocas, en poco tiempo las tenemos prometidas y se nos van.

La Rosa de Versalles

Oh, qué hubiera sido de mí sin esos partidazos con Estefa y María Luisa!!!

¡Hola! ¡Soy Cristina y soy la más mala de la clase!

Así se me presentó una niña de mi barrio hace unos días. Me hizo gracia.

Entré con decisión. Sólo había unos chiquillos revoloteando en la puerta. Nadie me preguntaría qué hacía allí.

Ante mí, un pasillo con cuatro puertas. Las dos primeras, los aseos. De la segunda salía un bramido de música, voces y el murmullo de una oración.

Pero tras los cristales no había luz.

¿Sería el culto en la cuarta puerta? Sin dejarme reflexionar, alguien abrió desde dentro la tercera puerta, en frente de mí, y me tendió la mano diciendo “bienvenida”.

Me condujo dentro sin preguntas, asustada de la oscuridad y el monótono recital de plegarias. ¿Qué coño pasaba allí?

Mi acomodador tenía la cara redonda y ancha, una coleta de cabello oscuro y las manos calientes.

Su amabilidad me tranquilizó un poco y me divirtió que me prohibiera amablemente salir de allí sin que hubiera acabado el ritual.

A pesar de la oscuridad, se percibían muchos bultos. Sorprendida, vi que la iglesia estaba llena. Algunas personas sentadas se movían al compás de la música de un lado a otro. Repetían algunas de las palabras de las canciones.

Los bultos humanos estaban totalmente centrados en sus plegarias musicales, pero también descubrí que había auténticas tertulias. El resultado era un barullo bastante confuso.

Un grupo cerca de mí parlamentaba con absoluta tranquilidad, incluso de espaldas al altar, indiferentes a lo que se rezaba.

Y los chiquillos corrían entre los bancos, alguno se cruzó por encima de mis piernas y una niña jugaba con su videoconsola.

Quienes seguían la ceremonia eran en su mayoría mujeres, estaban sentadas o de pie. Algunas alzaban la cabeza y los brazos al cielo, otras mecían bebés furiosos y había varias echadas sobre sus brazos en el respaldo del banco anterior, seguramente rezando con aún más ímpetu e intmidad.

Algunos bultos se balanceaban lentamente hacia delante y hacia detrás, como tenemos asociado con los niños autistas. Parecían en trance.

El local era pequeño y hacía calor. Diría que olía ligeramente a comida frita. Podría deberse a que muchos chavales comían chucherías tranquilamente.

Por fin centré mi atención hacia el pasillo, en dirección hacia la posición del director de aquel concierto. Poco a poco mis ojos se acostumbraban a la penumbra y pude vislumbrar su figura gruesa y calva. Vestía una corbata oscura sobre una camisa clara.

La batería tronó (¿¡hay una batería aquí dentro?!) y el reverendo se acercó el micro a la boca para entonar una canción mezcla de soul y gospel.

Me preguntaba quién era y cómo había llegado hasta allí. Cómo había formado aquella comunidad.

Me preguntaba cómo aquellos ciudadanos, que solemos tener por un pueblo de indomables de ley propia, se mostraban allí absolutamente sumisos.

El reverendo cantaba bien. Un coro de hombres con camisas ajustadas le acompañaban a sus espaldas. El moderno ritmo lo marcaban el órgano y la batería. También cantaba el público de vez en cuando, sobre todo los estribillos.

Incluso alguna muchacha alzaba un solo brazo. Pareciera que fuera a encender un mechero como se hace en los conciertos.

Habían pasado dos canciones, alargadas y rellenadas con versos improvisados. Entonces, el reverendo dió la palabra al hermano Isaac (un vecino más), que estaba levantado y que -con las manos alzadas- recitó una oración improvisada y muy personal.

Varios hermanos y hermanas más le siguieron cuando el reverendo pronunció sus nombres.

Porque él sabía sus nombres.

Ni siquiera podía entenderles, pero eso no importaba. Lo realmente esencial de encontrarse allí era la energía que se compartía.

Los oradores alzaban y agitaban sus brazos. Y gritaban mucho. Parecían estar desprendiéndose de todas las tensiones a golpe de rezos propios.

Al acabar las plegarias del público, se encendieron las luces ¡por fin!

Pude comprobar que el público estaba absolutamente “trajeado” y maquillado para el acontecimiento. El sacerdote tenía una perilla recortada y la piel oscura, pero su forma de hablar no me daba ningún dato de su procedencia.

Nadie leyó un solo texto bíblico. El conductor sí que dio un pequeño discurso sobre un capítulo religioso, pero contado con sus palabras y muy brevemente.

También me sorprendió que los dos únicos símbolos, que estaban sobre el humilde altar, eran símbolos judíos: el candelabro y la estrella de David.

En seguida volvió la música: “Aunque tenga mil problemas, alzo las manos…”, cantaban con fervor.

Las canciones y los comentarios no eran nada profundos, sino un hilo de continuos lemas de adoración y devoción, que sin embargo los asistentes recitaban con auténtica garra.

El ambiente recordaba al de una plaza abarrotada. Sin duda aquello era un acto social.

Un rito gitano evangélico no es en absoluto monótono, como las misas católicas tradicionales, sino que se caracteriza por la espectacularidad, el efectismo y… la adaptación a la realidad.

Varios asistentes empezaron a cruzar entre los bancos con cepillos para recoger donativos. Todo el mundo, absolutamente todo el mundo, se metió las manos en el bolsillo.

También mi acomodador colaboró y despistó así mi vigilancia, momento que aproveché para escapar y evitar tener que explicar los motivos de mi presencia allí.