Ella me dice que la más joven deja el cacharro pitar. Así que, de madrugada también, tiene que pulsar el botón para avisarle. Por fin, se anima a explicarle. Tus compañeras se ponen una alarma en el móvil 2 minutos antes de que suene. Así vienen antes, cambian el suero y evitan el pitido. Qué buena idea, dice. Lo prueba.

Este es el cacharro y su pitido:

Yo hago memoria. No recuerdo a nadie que se pusiera alarmas en Jaén, cuando yo me quedaba en la habitación con mi madre, durante su quimioterapia o cuidados paliativos. No me suena para nada.

Sí recuerdo que, en varios momentos, relacioné ese ruido con un sistema de tortura. En un momento en el que la paciente y quien le acompaña necesitan descansar y mayor tranquilidad que nunca, un cacharro pita de forma desagradable.

Tú debes pulsar un botón. La alerta en el pasillo la escuchas tú también. Si no viene, te asomas. Vuelves a pulsar. Si tardan, a veces vas en persona. Creo que fui demasiadas veces, por cierto. Desidia o falta de personal. Quién sabe.

Por fin acude la auxiliar o la enfermera. El ritual se repite. A veces cada hora, 20 o 5 minutos. Depende.

Lo divertido es que esto se reproduce en cada habitación. El pitido de aquí, de allí, de la siguiente puerta, de la del fondo. Luego viene la llamada. Que también escuchas. La cacofonía martillea e inquieta.

Lo busco en internet. Se llama bomba de infusión. Su uso muy habitual para poner suero, medicamentos o tratamientos como la quimioterapia. Es decir, muchas personas lo hemos tenido cerca como pacientes o cuidadoras.

A veces, la tecnología nos supera y nos da soluciones a las que nos cuesta acostumbrarnos. Pero que mejoran el trato o nos hacen más productivas.

Esta historia significa lo contrario. Lo que hacen las auxiliares del principio de esta historia es un hackeo positivo y ciudadano del sistema. Es una mejora que producen y extienden las personas antes de que el propio engranaje político y burocrático traiga la tecnología.

¿Tendrá un nombre este concepto? Me pregunto.

Vuelvo a buscar. Se persigue en estos sistemas reducir su peso y que tengan batería de mayor autonomía, para permitir mayor movilidad a pacientes.

Veo que también existen bombas de infusión con wifi. Que en Estados Unidos, los cacharros envían la información de lo inyectado en cada persona a su ficha personal, a su historia.

Espero que también algún día incorporen avisos directos a auxiliares y enfermeras que permitan anular o retrasar la alerta infernal que tienen que aguantar pacientes y acompañantes.

Algo que sustituya la alerta en el móvil personal de una sanitaria y le envíe a una tecnología del sistema salud la alerta unos minutos antes de que deba atenderla.

Pero eso no lo encuentro como una necesidad tan evidente en mi búsqueda de información.

En un mundo reinado por alertas, Bluetooth, wifi, WhatsApp, notificaciones, muros… la tecnología que se usa ahora mismo se antoja vetusta.

Obliga a la persona que necesita descanso a soportar un sonido infernar y a ser quien accione un eco de la propia alerta. El sistema debería enviar la alerta directamente a la persona responsable de manejar la máquina.

Soy una persona especialmente sensible a los ruidos. Me pregunto también cómo lo hacen con personas aún más sensibles como las que tienen un trastorno del espectro autista, por ejemplo.

Hay un movimiento que busca humanizar la sanidad. Trata de hacerla más amable, más pensada en las personas. Este simple cambio me parece un ejemplo muy claro de cómo la tecnología puede contribuir.