Echo de menos sus mensajes a primera hora. Llamarle tras la oficina. Su alegría y agradecimiento ante mi llamada o mi visita.

Estos días, la inercia me hace pensar en preguntarle cómo va con lo del coronavirus. Calmar su segura intranquilidad. Quizá hasta me enfadaría con ella si se pasa intentando protegerme. Estos días me he preguntado cómo lo viviría ella.

Qué bromas haría. Qué fotos de gatos y perros me enviaría. Qué publicaría en Facebook.

Se me ocurre imaginarme si hubiera ido a Jaén a visitarla. Dónde habríamos ido a pasear. Cómo sabrían el café y los churros de siempre.

En cuanto puedo, la cito. La recuerdo. Cuento aquello que decía, aquello que pensaba. Que a las estelas del cielo a ella les llamaba aviones a chorro.

Odio que salgan de portada los artículos en este blog que me recuerdan a ella. Me aterra cuando me pasa por la cabeza el miedo irracional a que su ser se me pueda olvidar.

Odio las fotos de los atardeceres que hago y que ya no le puedo mandar.

Me sigue molestando encontrarme a gente mayor. Más mayor que ella. Me agobian los andadores.

Me retumba muchísimo su silencio. Su ausencia.

Siento como si me hubiera descolgado de la realidad y del mundo. Como si el viento pudiera soplar más contra mí. Me doy cuenta de la seguridad existencial que me daba contar con su voz, con su escucha.

Hoy mi madre habría cumplido 66 años.

Puto cáncer.