A menudo pienso que me gustaría aprender lengua de signos. En seguida, me doy cuenta de que podría practicarla muy poco y que la olvidaría. Pero me parece una idea coherente con mi forma de pensar.

Hace poco me volvía esta idea a la cabeza y, tontamente, me consoló pensar que al menos sé adaptar documentos a lectura fácil. De repente, esa idea rápida cobró más valor. Oye, es que -dado mi trabajo- tiene más sentido que sepa sobre lectura fácil.

Quizá lo que no tendría sentido es trabajar en la Confederación Nacional de Personas Sordas y no manejar o intentar aprender la lengua de signos, me dije.

Si trabajara para personas italianas, igualmente, tendría todo el sentido aprender ese idioma. De repente, empecé a pensar en la lectura fácil, y en algunas herramientas de la accesibilidad cognitiva, como los sistemas alternativos y aumentativos de comunicación (SAAC), no como un conocimiento técnico específico de mi puesto, sino quizá como algo parecido a una lengua, a un código de comunicación necesario para transmitir y compartir ideas.

El otro día hablaba de una preocupación: el hecho de que la profesionalización del sector de la accesibilidad cognitiva nos pueda hacer pensar que el resto de profesionales no tengan que controlar aspectos como la lectura fácil.

Pero, visto desde este punto de vista, me suena a lo que he dicho: no tener nociones de lectura fácil o SAAC podría compararse de alguna manera a trabajar con población italiana sin conocer su idioma.