La accesibilidad cognitiva lleva unos años profesionalizándose. Se crean servicios llevados por profesionales con y sin discapacidad intelectual que ofrecen adaptación de documentos a lectura fácil, evaluación de entornos físicos y digitales, formación o asesoría, entre otros.

La profesionalización tiene estupendos efectos. Para empezar, mayor visibilidad. Para seguir, se ha convertido en una fuente de empleo de alto valor social. Y, para acabar, aumenta la calidad y el número de resultados. Se extiende la accesibilidad cognitiva.

En este artículo, quería mencionar dos cosas que me preocupan. Por un lado, el hecho de que no haya suficientes servicios constituidos para responder a una alta demanda. Por otro, que se genere la sensación de que la accesibilidad cognitiva es algo únicamente de profesionales, casi elitista, y que el resto de población no puede tomar cartas sobre el asunto.

Entiendo que la Literatura, los documentos jurídicos y administrativos y muchos otros productos y servicios deben ser llevados a cabo por servicios profesionales y de calidad. Sin embargo, el grueso de lo que viene a ser cambiar el mundo para hacerlo más fácil de entender, me temo que está en las manos de cada ciudadana y cada ciudadano.

No podemos sentarnos a esperar a que lo haga un servicio por su calidad, por motivos como la preocupación por no saber hacerlo bien. Piensa que es tanto el trabajo que es imposible que podamos asumirlo desde entidades o empresas especializadas. Y, además, sería absurdo. El trabajo no está solo en adaptar como decía documentos profesionales, sino en adaptar hasta nuestras conversaciones.

Hacer el mundo más fácil de entender no es trabajo solo de servicios profesionales de accesibilidad cognitiva, es tarea y obligación de cada ciudadana y ciudadano.