Cuando acabe esto, haremos un viaje. Es lo que dijo mi madre. Fue en el coche de mi hermano, tras recibir el anuncio del tumor. Viajábamos a Jaén desde un pueblo de Almería.

No sabíamos lo que nos esperaba. Un mes de ingreso. Cuatro meses de quimioterapia. Tres semanas de paliativos.

Benidorm. Asturias. Barcelona. Valencia. Señalamos posibles destinos bañados de mar. Así me gusta, le dije a mi madre. Apretaba su mano. Mientras me aterraba su palidez.

No hubo viaje. Ni siquiera llegamos a su cafetería preferida.

Pero hace poco, Sofía me ha abierto los ojos. Y no sabe cómo se lo agradezco. Sí hubo viaje. Pero fue poco antes del terror.

En febrero, por mi cumpleaños, estuvimos en Vera. La misma Sofía nos llevó allí y nos hizo estas fotos tan simbólicas.

Pensar que sí hubo viaje y recordar estas imágenes es de lo poco que me consuela y me trae algo de felicidad tras estos meses de mierda.

A veces, la enfermedad es tan rápida y destructiva que no da tiempo a construir nuevos recuerdos de despedida que no estén impregnados de cáncer. Por eso hay que buscarlos antes de la enfermedad.

En las fotos, podéis vernos a mi madre y a mí de la mano. Con los pantalones remangados, aunque acabamos empapadas de agua por sorpresa y riéndonos. Miramos hacia el mar. Las olas nos cubren los pies, algo que a mi madre le apasionaba observar.

Estamos ahí. El mar. Y nosotras de la mano.