A menudo, cuando nos hemos acostumbrado hace tiempo a algo, lo conocemos en profundidad. Desde orientarse en un espacio como una web, una ciudad o una inmensa estación, cosa que hacemos de forma mecánica, hasta cocinar una receta o reparar algo.

Nos olvidamos por un lado de cómo era no conocerlo y, por otro lado, del tiempo y del esfuerzo que nos llevó aprenderlo.

A mí misma me ocurre esto precisamente con esta idea: la accesibilidad cognitiva, hacer el mundo más fácil de entender, no es dar por sentado el conocimiento del resto de personas. Me suena evidente. Y no lo suelo verbalizar. Por eso he pensado en la necesidad de publicarlo y argumentarlo.

La accesibilidad cognitiva también es no dar por sentado el conocimiento ajeno porque, si lo das por sentado, das pasos sin explicar una base necesaria para que la otra persona pueda seguirte.

Pasé mucho tiempo dando talleres de internet a personas de ONG. A los mismos, podían asistir desde profesionales con carrera a voluntarias mayores con escasa formación. Ni lo uno ni lo otro te aseguraban que dispusieran de ciertas herramientas o conocimientos técnicos.

Como en muchos puntos de España, me encontraba personas con grandes lagunas, me acostumbré a hacer ciertas preguntas. ¿Alguien no tiene email? ¿Alguien no sabe qué es un blog? ¿Os suena Facebook?

Descubría miradas colmadas de aburrimiento. Algún “¿en serio?” en los ojos. Pero no les prestaba atención. Yo intentaba que todo el mundo, viniera con el nivel que viniera, pudiera seguir el taller.

Me propuse también otra medida. Intentaba no usar nunca el ratón de las participantes. Mediante la observación, había descubierto que alguna no podía seguir la velocidad de uso que yo tenía. Y que, además, retenían mejor la información se lo hacían por su cuenta, aunque tardáramos algo más.

De forma natural, practicaba aquello de permitir a cada persona que dedique su tiempo y su esfuerzo en aprender, en lugar de robarle la oportunidad de hacerlo. Le permitía tener su proceso, generar su propio conocimiento, así como reconocía que no tenían por qué tenerlo.

El planta está plagado de conocimientos, habilidades y talentos de lo más diversos. No podemos permitirnos pensar que las otras personas comparten los mismos, y menos amparar la pretenciosa idea de que el conocimiento propio es realmente el importante mientras rebajamos el de la persona interlocutora.

Por eso se me ocurre que debíamos evitar cuestionamientos como los que transmiten frases como: “¿Pero cómo puedes no saber equis?”.

Porque parecemos profesoras o profesores de instituto, empeñadas en cada clase en convencernos, cual anunciantes, que su asignatura es fundamental. Pasa el anuncio, siguiente clase, y siguiente profesor o profesora subrayando su materia. Y la noria continúa girando sin que nadie te pregunte qué quieres aprender, y menos qué puedes enseñar.

Así pues:

  • No podemos dar por sentado que la otra persona sabe lo mismo.
  • Tampoco decidir que nuestro conocimiento es el prioritario y fundamental.
  • Tampoco dar por sentada la ignorancia. Simplemente preguntar.
  • Recomendaría ser consciente del tiempo, esfuerzo y dificultades que tú tuviste para hacer cualquier cosa; y pensar en las que pueden tener otras personas.