Mi madre murió de cáncer el pasado 26 de octubre de 2019. Ahora cojo fuerzas y empiezo a publicar poco a poco cosas que he ido escribiendo estos meses. Esto es del 30 de agosto de 2019.

Hoy pensaba que una de las pocas cosas buenas, por buscar algo, de acompañar a alguien en un momento tan difícil como el de mi madre, es que tienes mucho tiempo para diseccionar su marcha.

Pensaba también en los “nunca más”.

Al principio, eran pequeños grandes deseos: enseñarle Asturias, volver a la playa, degustar los pastelitos de Belem que tanto le encantan, caminar juntas, desayunar churros o simplemente pasear por nuestra acera.

De los deseos, pasé a las preguntas: ¿mi madre podrá volver a caminar?, ¿volveremos juntas al castillo?, ¿iremos a la catedral?

Y, ahora, empiezo a hacer una lista negra. De certezas terribles. Mi madre no volverá a esperarme en la estación de tren, no publicará nada en sus redes sociales, no contestará a WhatsApp…

A veces el tiempo es demasiado largo y la lista se expande de forma exagerada y ridícula.

No volverá a levantarse sin ayuda, saber qué día u hora sin preguntarlo, hacer pis en el baño, ni ducharse por sí misma, ni siquiera volverá a usar bragas.

Ya se esboza la lista de cosas que va dejando de hacer: saber si es por la mañana o por la tarde, recordar qué ha comido o quién le visita, hacer ejercicios en la cama…

Luego supongo que vendrá la lista de cosas que aún puede hacer y ya no hará. Sostener la cuchara, caminar hasta el baño con andador, faja y guardaespaldas, levantarse con o sin ayuda…

 

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