Mi madre es, era muy pequeñita. Quizá por eso también era amante de lo diminuto.

Le encantaban los animales, especialmente los pájaros: gorriones, guacharrillos. También las ardillas, las cabras, los perros, los gatos…

En ese mundo de lo mínimo, reina la ternura. Las caricias. La suavidad.

Su planeta brilló silencioso en un universo de estruendo, de riñas, de odio y violencia, de opolencia sin sentido, de complejidad tramposa y embustera.

Ella nació y murió sin que la mayoría entendiera su cálido mensaje de paz, delicadeza y disfrute de lo pequeño.

Si algo me llevo de mi madre, si hay algo que me guardo y pienso multiplicar, es esa ternura infinita.

Disfrutar su plan más perfecto: desayunar churros con su familia. Así de sencillo.

Recoger y amontonar los platos en la mesa del restaurante como detalle para facilitar la jornada de la camarera o el camarero.

Pasear del brazo de Juan o de Eva. Llegar una hora antes a la estación de tren para recogerme.

Hacerse una foto de los pies descalzos en la orilla de cualquier playa.

Si me quedo con algo de ella, no lo gritaré en un mitin. Os lo susurro, como ella. Lo transmitiré en silencio. Con mi forma de actuar.

Os deseo paz, suavidad, delicadeza, ternura, saber disfrutar con las cosas más cercanas y pequeñas.

Gracias por todo eso y mucho mucho más, mamá.