Hoy he asistido a una formación muy interesante sobre la compasión humana. Trataba, por ejemplo, sobre cómo va más allá de la empatía: implica también una acción de apoyo hacia quien sufre.

Durante buena parte de la sesión, mi cabeza se centraba en algo que me ha interpelado durante años.

Para mí, queda claro, lo ideal es que la sociedad se rija por los valores, por la educación que recibimos, por la responsabilidad que compartimos… Pero, ¿qué ocurre cuando eso no llega o no parece ser suficiente?

Hablaré claro. Odio que tenga que haber leyes que nos digan cómo comportamos. Y no creo en la cárcel.

Pero luego ocurren cosas como la Ley antitabaco en España. El efecto ha sido brutal, desde mi punto de vista. Me parte el alma que -antes de la ley- la gente no fuera capaz de decidir no fumar en ciertos espacios.

También ocurren cosas relacionadas con la legislación sobre accesibilidad. Por ejemplo: que se disponga hacer baños accesibles pero luego se decida usarlos de almacén, impidiendo o anulando su uso por las personas que lo necesitan.

Así que, encima, además de ley es necesaria una pena o una multa.

Pues con esta duda me he acercado al formador, Luis Simarro, y me ha llamado la atención su comentario.

Quizá una ley no tiene por qué ser lo contrario que la compasión. Aunque obligue, no tengo por qué verla opuesta a ese intento de esperar más de las personas, que es mi ideal. Una ley es un esfuerzo de compasión de algunas o muchas personas para frenar ciertos compartimientos o actitudes no compasivas.

Luego me ha dado una cita, que no recuerdo, pero viene a decir que la mejor acción es aquella que afecta de forma positiva al mayor número de personas durante el mayor tiempo posible.