– Vamos a empezar con un reto: nadie puede decir en toda la formación “mis chicos” ni “discapacitados”.
Se elevó un murmullo. Entre los cotilleos, se oyó un:
– ¿Entonces qué decimos?
– Personas con discapacidad intelectual.
– Eso es muy largo -protestó la participante anónima.
– Vale, entonces les llamamos subnormales -zanjó ella.
Ahora sí estallaron los murmullos y las protestas.
– Es más corto, ¿no? -añadió retante.

Esperó a que el murmullo amainara un poco y preguntó:
– ¿Y si lo votamos?

Entre las opciones “subnormales” y “personas con discapacidad intelectual”, obviamente, ganó la segunda.

Hubo otra consulta:
– ¿Y qué dices en lugar de “mis chicos”?
– Las personas a las que apoyo.

Parecía que había conformidad en aceptar el reto, aunque fuera temporal. Aún así, toda la tarde se convirtió en una yincana lingüística.

Una participante se atoró en una parte de la formación y empezó a tartamudear:
– Marta, la-la-la…
– ¿La mujer a la que apoyas?
– ¡Sí, eso!

Otra participante empezó con un prometedor:
– Los hombres y mujeres…

Y casi lo consigue:
… discapacitados a los que yo apoyo.

Luego estaba la señora que decía continuamente “usuarios”. Eso a ella le separaba de las personas, le daba la suficiente distancia para que el dolor de la realidad -de la que ella formaba parte y era responsable- no se adentrara demasiado en su mente.

Y, por supuesto, muchas personas que olvidaban su promesa y a las que, de vez en cuando, se les escapaba un “discapacitados” y -cuando se concentraban- pronunciaban con mucho esmero, como quien aprende un nuevo idioma, “personas con discapacidad”.