Texto de Javier Tamarit (2012):

No es lo que usted está pensando, es que no tengo manera de saber si es mi hora de comer, ni de ir a mis ocupaciones, ni siquiera de saber si es la hora de mi serie favorita de televisión. No le digo ya de saber si es la hora del tren de cercanías que tengo que tomar, o la hora de acabar de estar en el centro de día al que voy. Y mire usted, llega un momento es que es un tanto angustioso no saber si ya es la hora de la comida o si todavía queda mucho, o saber si es momento ya de acabar la jornada o si aún me queda mucho tiempo. Vaya, que imagínese usted que está en una situación en la que no es capaz de saber si son las doce del mediodía y, por lo tanto, de anticipar que aún queda lejos esa hora bendita en la que saldrá de su oficina para ir a su casa, o para quedar con su pareja para ir al cine. Imagínese que piensa que ya son las seis menos cuarto, y que tan sólo le separan quince minutos –incluso trece, doce, once… si araña el reloj–, para gozar de su merecido tiempo libre y de repente le dicen que no, que “qué se cree usted”, que “qué es eso de intentar acabar la jornada cuando aún son las doce y veinte”. Desconcertante ¿verdad?

Pues así es en demasiadas ocasiones la vida de un número significativo de personas que tienen discapacidad intelectual o del desarrollo. El mundo en que vivimos parece pensado sólo para ser usado en plenitud por gente capaz de todo, de leer, de escribir, de entender los sofisticados relojes de hoy en día, de saber reconocer cuándo un símbolo extraño de un triángulo invertido significa el baño de señores y un triángulo normal el de señoras. ¡¡Señores, señoras, reconozcan conmigo que a veces es misión imposible saber dónde se tiene que entrar cuando las ganas aprietan!! Vamos, que estamos en un mundo que a veces da por pensar que o eres poco menos que una persona joven, conocedora de mundo, capaz de moverte con soltura y sortear vallas, socavones y demás gracias típicas de una ciudad o estás condenada a encontrarte barreras por todos los lados. Y claro, afortunadamente ya sabemos que las rampas son importantes, que las señales sonoras que acompañan a algunos semáforos no son un “politono” que graciosamente nos regala el ayuntamiento para amenizarnos el tránsito, que las personas que signan en algunos programas de televisión no están haciendo eso porque formen parte de ningún concurso televisivo de habilidades manuales.

Han sido muchos años de lucha para aminorar barreras físicas, barreras de participación social y comunitaria de las personas con discapacidad física, visual o auditiva. Y esta lucha nos está haciendo a todos mejores personas, construyendo una mejor sociedad que vela por el bienestar y los derechos de todos sus ciudadanos… Pero cuando hablamos de dificultades de comprensión del entorno, de barreras para entender el espacio y el tiempo nos situamos aún lejos de haber avanzado en lo que es un derecho reconocido de las personas con discapacidad intelectual: la accesibilidad… Y, mire usted, piense que esto no es sólo para quien tiene una discapacidad intelectual o del desarrollo. Sin ir más lejos, los textos en fácil lectura, en fácil comprensión, vienen bien a mucha gente: a personas que acaban de venir a nuestro país y aún no controlan bien el idioma, a personas mayores que ya ven mermadas ciertas facultades, a personas que tienen dificultades en la lectura. Vaya, piense si no le vendría bien un prospecto de su medicamento en fácil lectura…
Vuelvo al comienzo, y perdone el rollo que le he largado, pero es que a alguien le tengo que contar esto, porque seguro que llegará el día en que tendré más gente a mi lado para poder reivindicar mi derecho.
En fin, ¿me puede indicar si me queda mucho tiempo?… para la hora de la comida, ya me entiende”.

Imagen: Jordanhill libre y retocada