Me puse a la altura del autobús. Me gustaba jugar a eso. Me divertía la idea de alguien sorprendida porque una ciclista le acompañara en el trayecto a la misma velocidad.

Busqué una mirada, la víctima inocente de mi inocente broma. Fue entonces cuando le vi. Estaba allí. Después de tantos años. Sentada en el sentido contrario a la marcha del autobús. Con ese brillo hueco en los ojos. El pelo castaño rozando la frente.

Algo me dijo que, en ese momento, teníamos en común un quinto de vacío y dos novenos de curiosidad mutua.

De repente, sentí la necesidad urgente de comunicarme con ella. Le echaba de menos. Quería saber más. Recordaba cómo me fascinaba en la universidad. Su personalidad brutal contrastaba con ese discurso frívolo, con esa vida residual. Su ingenio y humor chocaban con aquella terrible historia que una vez me contó, sin que apenas tuviéramos confianza.

Por fin me di cuenta de que no podría reconocerme con toda la ropa que me cubría del frío. ¡Sólo se me veían los ojos! Rápidamente, me descubrí la cara, me subí el gorro e hice la intención de saludarle.

Todo ocurrió en décimas de segundo.

Me miró.

No me reconoció.

¿Era ella? ¿Esa era su cara? ¿Era yo quien no le conocía bien?

¿Es posible que, cuando mayor necesidad tenemos, seamos más incapaces de reconocernos?

El autobús hizo su parada.

Yo seguí pedaleando.