Aquí tenéis notas del capítulo 1.

El capítulo 2 comienza con una cita de Amelia Valcárcel: “No conozco casi nada que sea de sentido común. Cada cosa que se dice que es de sentido común ha sido producto de esfuerzos y luchas de alguna gente por ella”. Esta cita me recuerda especialmente al feminismo, sobre todo cuando actualmente parece que el derecho al voto, a la educación o al trabajo de las mujeres es de sentido común; cuando hace relativamente poco que se ha alcanzado y cuando, en muchas culturas, países, zonas o enfoques de nuestras vidas, aún siguen cuestionados.

Por otro lado, me sugiere una pregunta que mezcla lo esperanzador y dramático con lo mágico: ¿Qué será considerado de sentido común en el futuro que ahora, para muchas personas, ya nos lo parece? ¿Cuánto falta?

El capítulo trata de la primera ola del feminismo. 1971 con Olimpia de Gouges y su “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”. Mary Wollstonecraft con su “Vindicación de los derechos de la mujer”. Y, si buscamos antecedentes, Christine de Pizan con “La ciudad de las damas” en 1405.

La primera ola propugna sobre todo el derecho de acceso al saber de las mujeres como herramienta para combatir la desigualdad, para progresar. Poullan de la Barre hizo famosa la frase “La mente no tiene sexo”. También defendía la discriminación positiva: parte de la idea de que a las mujeres, como colectivo social, históricamente se les ha arrebatado todo lo que era suyo, para apoyar leyes que fueran ventajosas para ellas y redujeran por tanto esa desventaja. Este filósofo y cura publicaba en 1671 su polémico libro “La igualdad de los sexos”. Llama la atención porque, a menudo, se da la sensación de que la discriminación positiva es una idea “modernilla”.

La cuestión es que en 1776, en Estados Unidos se redacta la Declaración de Independencia, que en realidad viene a ser una formulación de los derechos del hombre. En 1789, Francia proclama la declaración de los Derechos del Hombre. En cambos casos, no hay un uso sexista del lenguaje. Cuando se escribió “hombre”, no se referían a persona o humano, sino a varón. Ninguno de los derechos se refería a las mujeres.

Filósofos como Rousseau, uno de los principales de la Ilustración, que reflexiona contra cualquier poder ilegítimo, asegura que la sujección y exclusión de las mujeres es deseable.

Muchas mujeres, mientras tanto, observaban la contradicción de pregonar la igualdad universal y la extensión de los derechos civiles y políticos… en los que quedaban excluidas. Nuria Varela afirma por eso que “el nacimiento del feminismo fue inevitable porque hubiese sido un milagro que ante el desarrollo de las nuevas aseveraciones políticas (…) las mujeres no se hubiesen preguntado por qué ellas eran excluidas de la ciudadanía”.

Las mujeres fueron excluidas, por ejemplo, de la Asamblea General de Francia. Así que se volcaron en Los Cuadernos de Quejas, redactados para hacer llegar al Gobierno. Suponen “un testimonio colectivo de las esperanzas de cambio de las mujeres” y reflejan -en parte- qué querían las mujeres del siglo XVIII: “su deseo de que la prostitución fuera abolida así como los malos tratos y los abusos dentro del matrimonio” y también “mayor protección de los intereses económicos de las mujeres en el matrominio”. Incluso un cuaderno de una señora anónima reflexionaba que, ya que los representantes deben tener absolutamente los mismos intereses que los representados, “las mujeres no podrían pues estar representadas más que por mujeres”.

Del capítulo, me sorprende especialmente el fragmento de la carta que del padre de Olimpia de Gouges a ella, en la que reconoce precisamente que ella tiene una gran capacidad -algo inusual- y sigue argumentando la necesidad de que los hombres conserven sus privilegios de la forma más ridícula inimaginable: “¿En qué nos convertiríamos los hombres hoy en día tan ligeros y superficiales? Adiós a la superioridad de la que nos sentimos tan orgullosos. Las mujeres dictarían las leyes. (…) Deseo que las damas no se pongan el birrete de doctor y conserven su frivolidad hasta en los escritos. (…) Las mujeres pueden escribir, pero conviene para la felicidad del mundo que no tengan pretensiones”.

Mientras, hay otros hombres como Condorcet, que mostraron no sólo coherencia, sino que realizaron divertidas reflexiones que mostraban la arbitrariedad lógica, falsedad y ridículo de estas políticas: “¿Por qué unos seres expuestos a embarazos y a indisposiciones pasajeras no podrían ejercer derechos de los que nunca se pensó privar a la gente que tiene gota todos los inviernos o que se resfría fácilmente?”.

La figura de Mary Wollstonecraft significa varias novedades. Llama por primera vez privilegio al poder ejercido por los hombres sobre las mujeres, en lugar de considerarlo natural. Esta crítica es fundamental para el feminismo. También apuesta por la discriminación positiva, uniéndola a la critica de la idea de género: “Y si se decide que naturalmente las mujeres son más débiles e inferiores que los hombres, ¿por qué no establecer mecanismos de carácter social o político para compensar esa supuesta inferioridad natural?”.

Wollstonecraft destacó por “su capacidad e insistencia en pensarse en sí misma intentando trascenderse, es decir, buscando una explicación pública (social) a sus experiencias privadas”. Esto me recuerda al lema feminista “Lo personal es político”, que viene a descubrirnos que, lo que generalmente se ha escondido en el ámbito de lo individual, lo privado y del hogar, como la violencia machista, debe ser considerado y trabajado con una mirada colectiva, pública y de estado o, más aún, una cuestión de derechos humanos.

En resumen, el feminismo de la Ilustración, o la primera ola, dio sus primeros pasos subrayando la idea de que existen relaciones de poder entre mujeres y hombres y que, el poder masculino no es natural o divino, sino el resultado de una construcción social. Pusieron sus demandas en la lógica y el discurso de los derechos, sin embargo fueron excluidas. Entraron al siglo XIX sin capacidad política o ciudadana, por lo que el derecho al voto se convirtió en su principal demanda. Llegaba la segunda ola, representada en buena parte por el movimiento sufragista.