A menudo nos obcecamos en tratar y solucionar asuntos como si fueran problemas personales cuando se trata de injusticias colectivas. Me gustaría poner tres diferentes ejemplos que últimamente he relacionado.

Si alguien señala que es importante el trabajo en comunidad o buscar soluciones colectivas, a todas y todos nos suele parece acertado y casi obvio. Sin embargo, hay muchas ocasiones en las que no aplicamos esto, porque nos han impuesto otros discursos, lemas y narrativas. Así que me parece muy útil debatir sobre casos concretos como los siguientes.

Ejemplo 1: Feminismo

En la relectura que estamos haciendo de “Feminismo para principantes” de Nuria Varela, se reseña un libro clave en la segunda ola del feminismo: “La mística de la feminidad” de Betty Friedan. El libro trata sobre “el problema que no tiene nombre”: la situación de millones de mujeres de clase media que habían alcanzado ciertos derechos (derecho al voto, educación y, poco a poco, al empleo) y sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, se promovió el “regreso al hogar”.

Según Wikipedia, la expresión de la “mística de la feminidad” describe la mezcla de discursos y presupuestos tradicionales acerca de la feminidad que obstaculiza el compromiso intelectual y la participación activa de las mujeres en su sociedad. Es el desencanto de millones de mujeres que “no se sienten misteriosamente realizadas sacando brillo al suelo de la cocina”.

Su libro, escrito con un lenguaje claro, analizaba su propia vida cotidiana, observando también las llamadas revistas femeninas o los personajes femeninos del cine hollywoodiense. Este enfoque “facilitó que millones de amas de casa, en distintos países, se sintieran referentes comunes con otras mujeres y esto les permitió identificar su situación de opresión como experiencia ya no personal, sino colectiva”.

Así, de repente, muchas mujeres descubrieron que lo que les ocurría, sentían y sufrían no era una locura, extravagancia y, sobre todo, algo exclusivo que sólo les tocaba a ellas individualmente. Se trataba de un asunto global y colectivo y, como tal, necesitaba una respuesta global y colectiva.

Ya en la tercera ola, el feminismo realizó tres aportaciones muy actuales que, posiblemente, pocas personas sepan que fueron creaciones de este movimiento: las grandes protestas públicas, el desarrollo de grupos de autoconciencia y la creación de centros alternativos de ayuda y autoayuda.

El libro de Varela subraya especialmente la segunda de ellas: “Si las movilizaciones consiguieron cambiar opiniones y puntos de vida en la opinión pública, los grupos de autoconciencia cambiaron realmente a las mujeres”. Parece que el primer grupo surgió en 1967. En ellos, la idea era que “cada mujer participante explicara cómo sentía ella su propia opresión. Se pretendía propiciar la reinterpretación política de la propia vida y poner las bases para su transformación”.

Fue un proceso fundamental para entender lo individual, compartirlo y ¡por fin! alcanzar una mirada colectiva.

Ilustración de un gran grupo de personas diferentes

Ilustración de vin ganapathy

Ejemplo 2: Personas enfermas

En febrero de este año, Raúl Solís publicaba este artículo: “Los enfermos no son héroes”. Ponía de ejemplo a Pablo Raez y otras personas enfermas a las que se les etiqueta como súper héroes o súper heroínas:

Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. (…) Se ve que el mundo emprendedor ya no da para más con esta filosofía, que se pasa la vida dividiendo a la sociedad entre ganadores y perdedores. Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia.

Convirtiéndolo en luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud.

De igual manera que en el caso del feminismo, se está esperando una respuesta individual a un problema que debemos observar y solucionar de forma colectiva.

El artículo relaciona este discurso con el liberalismo y, además, lo relaciona con el ámbito laboral:

Igual que este sistema, obsesionado con convertirlo todo en fracasos o éxitos individuales, ha convertido a los emprendedores en una especie de héroes que luchan por salir del paro en soledad,

Esto me sirve para enlazar con el último ejemplo.

Dos niñas jugando con casas en el suelo y construyendo una pequeña ciudad.

Foto de Bob Cotter

Ejemplo 3: El trabajo

Como en el anterior artículo que publiqué, mencionaba que desde hace tiempo se extienden y multiplican los mensajes sobre la necesidad de que las personas trabajen en lo que les gusta. Con mensajes como éste, se hace énfasis en que son las personas como individuos las que deben luchar y genera el falso espejismo de que pueden decidir y de que todo, con esfuerzo, está en su mano.

Pongo dos ejemplos concretos. En un ambiente laboral en el que se permite y premia a quienes generan mayor tensión y conflicto, se publican ofertas laborales en las que se busca a personas que sean capaces de “trabajar bajo presión” y “solucionar conflictos”. De nuevo, me parece que se apuesta por personas que solucionen de manera individual lo que viene a ser un follón organizativo y colectivo.

En un ambiente laboral de gran exigencia y carga de trabajo, en el que se acumulan los casos de estrés y ansiedad, observamos a empleadas y empleados que leen y estudian manuales de “Cómo ser más eficaz”, y a quienes se les exige que planifiquen mejor su tiempo, en lugar de que se tomen medidas claras para priorizar las tareas y ajustar la carga de trabajo.

La estrategia es poner sobre los individuos el peso y responsabilidad de las carencias que tenemos como grupos y organizaciones.

A modo de conclusión

Vuelvo al artículo de Raúl Solís:

Ya está bien de convertir cualquier faceta de nuestra vida en un hecho individual del que sólo dependemos de nosotros mismos. Nadie se hace a sí mismo, que es la frase preferida de la insolidaridad, el individualismo y la falta de empatía. Nos hacemos unos a otros, en la salud y en la enfermedad.

Y podríamos añadir: en la salud, en el trabajo, en las relaciones de género… y en cualquier ámbito de la vida que lo requiera.

En lugar de exigirle a las personas que solucionen los problemas por sí mismas, empecemos a pensar como grupos, comunidades y sociedad, por favor.

¡Cuéntate algo!

¿Se te ocurren más ejemplos?

¿Te ha pasado algo de todo esto?