galileoUna cita larga, pero me parece una historia sorprendente… por la relación de ideas que hace:

Lorenzo contó que en una ocasión detuvo su automóvil en la carretera para darle un aventón a un campesino, y como viajaba callado, le preguntó qué soñaba y éste le respondió: “Sabe usted, señor, nosotros no podemos darnos el lujo de soñar”.

Sorpresivamente Fausta lo rebatió con fiereza. “¿Qué cree usted, doctor, que pueden soñar hombres y mujeres que han sido amedrentados durante siglos? No sólo es el hambre, doctor, ¿qué me dice de la miseria sexual de los mexicanos? ¿Dónde está la libertad sobre nuestro cuerpo? ¿Qué espacio conoce usted que no controle el poder?

En México campea la esclavitud en todos los órdenes. Esas niñas que ve usted en la carretera acarreando leña viven violaciones cotidianas, el matrimonio precoz es un hecho, millones de mujeres no saben lo que es el placer”. (…)

A Lorenzo le sorprendió la virulencia de Fausta, que sin más se lanzó al tema de la sexualidad. Creer que su único fin es la reproducción es una de las razones por las que se sanciona la homosexualidad; por eso los homosexuales son considerados perversos, disminuidos, sucios, incapaces.

– Yo creí que la sexualidad era una opción inviolable e íntima de la vida humana -intervino Norman.

Lorenzo, azorado por el giro que Fausta le había dado a la conversación, afirmó que en México la iglesia pregonaba que las mujeres debían tener los hijos que concebían, pero que este tema, impuesto por Fausta, no venía al caso en este instante, ¿o deseaba ella que los tres se pusieran a hablar de maricones?

Norman apoyó a Fausta. Nadie en Estados Unidos conservaba la peregrina idea de que la sexualidad es sólo reproductiva. México, país machista, tenía fama de tratar mal a sue mujeres. Pensar en el homosexualismo como una perversión era una forma de discriminación.

Entonces Lorenzo intervino, preguntándole a Fausta de qué podía servirles a las niñas su libertad si no tenían agua, lo primero era la satisfacción de las necesidades básicas. Fausta, exaltada, le recordó que él había contado una tarde, aquí en su bungalow, la historia que iba a repetirle palabra por palabra. En ese momento, la actriz se puso en pie:

“Voy a representar dos papeles: el de Galileo y el del cardenal Cremonini”. (…) Según el personaje, Fausta cambiaba de voz y de actitud, Galileo fuerte, seguro de sí mismo, Cremonini tembloroso y encorvado, la voz cascada. Con una colcha a modo de capa y una toalla convertida en gorro veneciano explicó:

“Cuando Galileo demostró con su pequeño telescopio que Júpiter tenía lunas y éstas se movían, acudió a la casa romana del cardenal Cesare Cremonini, famoso matemático, y le dijo: “Monseñor, tengo la prueba de que Aristóteles está equivocado -para Aristóteles el universo no tenía movimiento-, venga a ver cómo las lunas de Júpiter se mueven”.

“Mira, Galileo -respondió atemorizado Cremonini-, la ciencia de este mundo se construyó sobre los pilares de la sabiduría aristotélica. Desde hace dos mil años los hombres han vivido y han muerto en la creencia de que la Tierra es el centro y el hombre el amo del universo. A nosotros, Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Después Jesucristo bajó a la Tierra y nos dio su regalo: el cristianismo, que ha ido mucho más allá de Aristóteles, lo ha perfeccionado y espiritualizado”.

– todo lo que sabemos hoy, de lógica, medicina, botánica, astronomía, es aristotélico -intervino Lorenzo- Durante dos mil años los más grandes cerebros han trabajado en esa creencia y han hecho de ella una unidad espléndida y perfecta, pero no hay que olvidar a los judíos, a los árabes, a los chinos, a los hindúes además de los cristianos.

– Y a los pueblos de Mesoamérica, a los antiguos mexicas, los mayas y los incas en Sudamérica -Norman se puso de pie e hizo un gesto teatral.

– ¡No se vale que los espectadores interrumpan la función, sobere todo proque estoy a punto de citar, doctor Lewis, la respuesta de Cremonini a Galileo!

– Perdón, ¿cuál es esa respuesta?

“He gastado mi vida al servicio del cristianismo, su enseñanza me ha traído paz y felicidad. Y ahora que soy un viejo y me queda poco tiempo, ¿por qué vienes a destruir mi fe en todo lo que amo? ¿Por qué quieres envenenar los pocos años que me quedan con vacilaciones y conflictos? No me lastimes, no quiero ver a Júpiter ni a sus lunas”.

“Pero ¿la verdad, Cesare, no significa nada?”.

“No, déjame, lo que necesito es paz”.

“Qué extraño, para mí la paz y la felicidad siempre han consistido en buscar la verdad y admitirla. El mundo se compone de gente como tú, Cremoninis y Galileos. Tú quieres que se quede como está, y yo lo empujo hacia delante. Tú tienes miedo de mirar al cielo porque quizá puedas ver en él algo que desmienta las enseñanzas de toda tu vida, y yo te comprendo porque nuestra tarea es pesada y desgraciadamente hay muchos como tú, pero sólo uno de nosotros es el que triunfa”.

“¿Y si triunfas, Galileo? Si te las arreglas para demostrar que nuestra Tierra es una pequeña estrella miserable como miles de otras y la humanidad es sólo un puñado de criaturas aventadas al azar en una de ellas, ¿qué habrás ganado? ¿Rebajar al hombre hecho a la imagen de dios? ¿Degradar al amo de la Tierra y convertirlo en un gusano? ¿Eso es lo que Copérnico y Kepler y tú están buscando? ¿Es ésa la verdadera finalidad de la astronomía?”.

“Nunca pensé en eso -respondió Galileo-. Busco la verdad porque soy matemático y creo que cualquiera que acepte la verdad está más cerca de dios que aquellos que construyen su dignidad humana sobre errores sin sentido”.

“Galileo, tengo ochenta y tres años, he fundamentado mi vida en una filosofía y en un modo de pensar aristotélico, déjame morir en paz”.

Hasta aquí la historia del doctor De Tena, finalizó Fausta e hizo correr una cortina invisible para regresar a sentarse entre los dos hombres.

– ¡Qué buena memoria, Fausta” -dijo Lorenzo encantado-, pero no veo qué tiene que ver lo que acaba de representarnos con nuestra discusión.

– Claro que viene al caso. Ese “déjame morir en paz” del cardenal Cremononi es una cobardía, el no querer enfrentar la verdad y seguir pensando como en el pasado, refugiarse en los dogmas de fe para conseguir la paz. Renovarse cuesta, doctor De Tena. Un científico tiene que estar dispuesto a cambiar de criterio apenas se le propone una nueva evidencia. Si no, no es crítico ni autocrítico.

– Estoy totalmente de acuerdo con usted, Fausta. La ciencia es un proceso evolutivo y ahora los jóvenes saben mucho más que nosotros, porque cualquier científico actual está mejor preparado de lo que estuvimos los científicos en los treinta y los cuarenta.

– Sus ideas científicas son progresistas, doctor, pero las otras son abominables. Acaba de decirnos a Norman y a mí que no quería hablar de maricones. A usted se le escapan muchos temas esenciales o no quiere verlos. No ha logrado la combinación de lo muy grande con lo muy pequeño. A diferencia de Einstein, todavía no se da cuenta (o no quiere darse cuenta) de que todo es relativo y de que una lesbiana sobre la Tierra es parte de la ley de atracción universal de Newton desde 1687. Tiene usted tres siglos de retraso, doctor, ¿no cree que ya va siendo hora de que se ponga al día? Francamente hubiera esperado de usted ideas más sanas.

Elena Poniatowska en “La piel del cielo”.

 

Imagen: Néstor Alonso