caer dormida

Imagen: “caer dormida”

Se despierta sonriendo, me mira y exclama:

– ¡Qué bien he dormido! ¡Gracias!

¿A quién le da las gracias? Me sonrío. Mi mente viaja. Reconstruye toda la escena.

Ahora, alrededor de ella, un estadio. Está repleto de gente. Murmullos. Unos pocos focos. Muchas cámaras grabando al público.

Se trata de un mundo angustiado. Perseguido por las prisas, las autoexigencias. En ese mundo, dormir es un lujo. Ser capaz de dormir un sueño largo y tranquilo resulta una capacidad extraordinaria.

Se acerca descalza al centro del escenario. La cámara principal le sigue. El público, miles de personas, observa contenido.

Ella abre la ropa y se echa sin dudarlo en la cama. Antes de apagar la luz de la mesita, su voz se propaga en el silencioso estadio:

– ¡Buenas noches!

Decenas de miles de personas susurran un “buenas noches” de respuesta. Evitan alzar la voz temiendo estropear el espectáculo.

Se apaga la mayoría de los focos. Sólo una luz tenue ilumina la cama ahora. Pasan las horas. Las cámaras que retransmiten el evento va alternando planos de ella resoplando plácidamente y planos del público. Las caras de quienes han asistido pasan por varias fases. Empiezan mostrando a cámara banderas, carteles, saludando con la mano a familiares al otro lado de la pantalla. En algún momento, cuando ella se remueve o cambia de postura, algunas y algunos contienen el aliento. Se tapan la boca. Se tensan los ceños. Se estremecen. A las siete horas, esas caras reflejan sonrisas cálidas. Una mezcla de orgullo, pero sobre todo de ternura: lo está consiguiendo.

Ocho horas después, el espectáculo finaliza con éxito. Ella despierta. Se desespereza. Y saluda con un “buenos días”.

El público, ahora sí, libera su exaltación. Lágrimas emocionadas. Aplausos satisfechos por la proeza. Ovaciones de admiración.

– ¡Qué bien he dormido! ¡Gracias!

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