Querida Marijose: (cartas al riñón)
Mi madre antes trabajaba en el riñón. A veces a las 7.40, otras a las 14.40. Se colgaba del hombro su bolso verde y se marchaba. Suena a viaje intracorporal. ¿Qué te llevarías a un viaje al riñón? Con un bolso verde oliva basta, al parecer. Aunque quizá eso es lo que necesitan las más experimentadas. Quizá el resto necesitaríamos más equipaje. Porque ella llevaba muchos años transitando todos los días hacia el riñón. ¿Y qué medio de transporte se utiliza? ¿Qué línea de autobús urbano pasa por allí?
Nos dispersamos. Volvamos a nuestro relato. En realidad, mi madre era auxiliar de enfermería en la planta de nefrología del hospital.
Calculo que fue por 1994. Me propuso a escribir a otra niña. Una niña del hospital algo mayor que yo. Acepté rápido. Sin saber nada más de ella, me puse a escribir. Así era yo. Así fuimos todas. Luego aprendes que, para aceptar cualquier compromiso, primero hay que sospechar mil sospechas. Hornearlas lo suficiente hasta que la masa se endurezca y no sea comestible. Eso lo aprendí sobre todo de una jefa. Yo pretendía entrevistar a cualquiera. Pensaba que cualquier persona tenía una historia interesante al menos, si no dos, tres o más. Ella, mi jefa, me interrogaba tanto sobre esa posible entrevista antes de dejarme marchar que a menudo me hacía perder el entusiasmo. Cuando no descartaba el proyecto.
A esto a menudo le llaman sentido crítico y, sí, es efectivamente necesario. Pero otra cosa es la falta de esperanza generalizada y organizada contra la humanidad. “No interesa a nadie”. “No va, no voy a ser capaz”. “No me va a aportar nada, sólo esfuerzo en vano”. A menudo nos deberíamos revolver contra eso. Aceptar las propuestas sin medir tanto. ¿Cuánto tiempo hace que no escuchas o pronuncias un “¡venga!” instantáneo tras una propuesta?
A partir de 1996, comencé a almacenar las cartas. Conservo aproximadamente 90. Casi todas se componen por dos hojas. Una escrita por una o las dos caras. Media cara la ocupa la despedida y firma. La otra hoja hace de sobre. Marijose plegaba los bordes de la hoja para cerrarla. Ni sello, ni pegamento, ni dirección. Sólo se lee “Para Olga” y en el otro lado “De Mari Jose”. Dentro de unas pequeñas nubes decorativas. No hacían falta más señas, puesto que la cartera era mi madre y sólo conectaba a un puñado de destinatarias. Además de Marijose y yo, en sus entregas incluía a mi hermana, varias vecinas del barrio con las que también se estuvo carteando y su prima Angustias, con la que yo también entablé una relación epistolar durante un tiempo.
Es hermosa toda esa falta de estructura. Esa personalización. En una época como la actual, en la que nos inundan de formularios, suena a mágico un simple “para Olga”.
Releer esas cartas es, como imaginaréis, viajar en el tiempo. Parece que han pasado muchos años, pero lo que realmente han pasado son cosas de todo tipo, no tanto tiempo. Eran aquellos años en los que asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Mi primera manifestación. La EGB, el BUP y la amenaza de la ESO. El momento de OBK, Take That, las Spice Girls, Camela o un grupo del que nunca más se volvió a hablar: Sqeezer.
Escribíamos mucho sobre las vacaciones y las amistades. Santi, Lázaro, Mari Carmen. Irene, Estefanía, María Luisa. Cuál es tu lugar favorito. Prefieres té o café. Tienes ordenador o consola. Practicas deportes. Qué piensas de la ecología. ¿Ves “Los vigilantes de la playa”?
Fue la primera persona que me habló de “El mundo de Sofía”. Era una gran lectora. Y tenía mucho tiempo para serlo.
Redactábamos cuentos y nos los mandábamos. Me informaba del avance de su gran novela, que jamás logró título. Ya llevo 120 páginas. Ya llevo 148. Ahora llevo 210. Voy por las 272, pero me falta inspiración. Me han regalado una máquina eléctrica y, como no se me ocurre el final todavía, voy a aprovechar para empezar a pasarlo a limpio.
A veces cambiaba su letra y me pedía opinión. Continuamente se disculpaba por su letra. Sobre el día que le tocaba diálisis. A menudo salía cansada o mareada. Entonces tardaba en contestar a las cartas.
Marijose asistió pocos años al colegio. No pudo continuar con los estudios. Día sí, día no, su cuerpo autoritario le exigía un riñón artificial. Como un padre estúpido, corto de miras, le prohibía viajar o trabajar. Ella y su cuerpo pasaban muchas horas enchufados a una máquina. De ahí que llegara a cartearse en algunas épocas con más de diez personas a la vez. Y que tuviera tanto tiempo para leer. Y que desarrollara una novela de casi 300 páginas.
Ella no residía en la ciudad, sino en un pueblo del que sólo sé que cuenta con una torre, estación de tren y una planta de reciclaje de papel. Entonces, no tenía ni cine. Sospecho que ahora incluso menos.
Así que, día sí, día no, madrugaba para su cita con la máquina. Su madre la acompañaba. Y debían cubrir la pequeña distancia desde ese pueblo hasta la ciudad aunque lloviera, nevara o se las intentara llevar el viento.
Para llenar el tiempo, surgió la idea de elaborarnos nuestros propios pasatiempos. Mi hermana también los preparaba. Sopas de letras, crucigramas, unir ideas con flechas.
A veces me preguntaba por mis notas en los controles. Entonces, llamábamos controles a los exámenes. Me felicitaba por los resultados del equipo de baloncesto en el que jugaba. Se asombraba con los relatos de mis viajes. Se disculpaba por no asistir a las obras de teatro en las que actuaba.
A pesar de muchas invitaciones mutuas, creo que Marijose y yo sólo nos vimos una vez. Coincidió que otro enfermo quiso regalarle a mi madre un perro. Yo fui a recogerlo al hospital. Marijose estaba sentada en la sala de espera. No había visto ni una foto suya, así que me sorprendió su estatura. Su pelo. Su cara. Me sorprendió todo, en resumen. No tenía ninguna idea de cómo era físicamente. Así que ponerle cuerpo a unas letras sobre papel rayado o cuadriculado fue impactante. Un encuentro breve, confuso, glacial.
A veces yo solita me rebelaba. En casos como cuando me señalaba que su plan era dedicarse a su casa, que no podría trabajar en otra cosa. ¿No puedes ser escritora? ¿No puedes ser cineasta? Le espetaba. Sí, sí. Respondía. En varias ocasiones le operaron. Hubo avisos de posibles donantes. Largas esperas. Expectativas. Nervios. Fallos, taquicardias, frustraciones.
Marijose me acompañó desde los últimos años del colegio, durante todo el instituto y hasta el primer año de la facultad. Alguna de sus últimas misivas sí que necesitaron sello y sobre oficial para alcanzar su destino en Madrid.
Hace unos años, mi madre abandonó sus viajes intracorporales. Ahora trabaja en otra planta, de nombre aún más divertido, pero donde las personas están de paso.
Sin percatarse, había perdido otro empleo peculiar y único: el de cartera entre niñas. Nosotras, Marijose y yo, abandonamos también nuestro intercambio de cartas.
La última noticia que mi madre da de ella es que seguía.
Con su máquina.
Día sí, día no.
¿Te imaginas que en un futuro fuera posible medir todo? Pues sí me gustaría. Así conoceríamos los verdaderos sentimientos de una persona. Hoy le he escrito una nueva carta desde el futuro. Desde el año 2012. Es un futuro extraño en el que aún no se puede medir todo, en el que no escribo cartas a nadie, en el que OBK ya sólo es una persona, en el que tengo 29 años y ella 33, en el que tanta gente tiene internet y no dobla una hoja para transformarla en sobre, en el que me pienso más las propuestas.
Un futuro en el que, a pesar de los avances tecnológicos, aún hay personas atadas a máquinas como ella. Una máquina que le suma y le resta vida. Son unas matemáticas un tanto chapuceras. Día sí, día no.
No sé si le llegará el mensaje. Quizá no conserve la misma dirección. Quizá no le haga ninguna gracia. Quizá no entienda mi letra. Quizá ya no le interese todo eso.
Quizá, quizá… Entonces, paro la línea de dudas.
Me lo propongo.
Y me contesto a mí misma…
¡¡Venga!!










