Todo marcha más o menos bien. De reojo, observo al profesor. Parece expectante, incluso interesado. La melodía avanza. Me asomo al final con cierta dignidad. Acabo. Un poco precipitado, sí, es verdad.

Quizá me da vergüenza alargar la nota hasta donde debo, darle todo ese sentimiento. ¿Por qué? Parece que lo firmas cuando sabes que no está correcto. O que presumes. O que vas de artista cuando estás gateando. Bobadas así.

Él me corrige con una de sus grandes imágenes:

– Está fantástico. Pero, cuidado, a veces te pasa: no cortes la última nota. Es como si despertaras a alguien. Está teniendo un bonito sueño y tú le dices de golpe “¡vete de ahí!”.

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Ilustración: mike r baker