Tras 9 años de felicidad, de inocencia, ¡de infancia!, le internan en una academia de cadetes.

Con sólo 9 años, ha de cuadrarse, desfilar, recibir órdenes y golpes. Sus horarios los marca el toque de corneta. Y su familia ahora son huérfanos de la guerra (él tiene familia, se pregunta continuamente por qué le han internado allí) y oficiales exigentes y, en su mayoría, bestiales.

Desde ese año empecé a refugiarme en los libros. Cada título me proporcionaba una grieta a través de la cual me escapaba de El Mechuar. Los cuentos me propulsaban al centro mismo de un mundo cautivador, me preservaban mientras duraba una lectura, de las influencias negativas de la fortaleza.

Comenzaba una página comos e emprende un camino, y me dejaba ir al capricho de la narración. Escogía mis amigos entre los personajes, cavaba mis madrigueras en medio de las guaridas de los bandidos y los antros de las brujas, mienras los ogros tripudos me adoptaban, algo que los instructores, debido a su impericia, no lograban nunca del todo.

Antes de mi deportación era un gran amante de los tebeos, así que ahora me puse a coleccionar libritos con portadas en cartoné cuyas ilustraciones alcanzaban mis sueños, con rumores de chapoteos, espesuras y gorjeos (…) mis nuevos hallazgos se desenvolvían de manera admirable: me ayudaban a desertar.

Yasmina Khadra en “El escritor”.