Descubrió con sorpresa que el ventilador seguía encendido. Sólo tenia 180 minutos de temporización. ¿Eso había dormido? ¿Se había despertado entre sueños a volver a girar la rueda? No recordaba lo real, pero recordaba lo que había soñado. Sabía que era la segunda vez que subía pedaleando en fase REM aquella larga pendiente de un barrio imaginario de Madrid. A pesar del esfuerzo, y una reducida angustia por saberse perdida, degustaba a la vez la sensación de ¡por fin! encontrar un lugar que no reconocía en la ciudad. Posiblemente hacía demasiado tiempo que no miraba aquella jungla como una exploradora. Pasados diez años, ya le era altamente familiar. No se paró a dictaminar si incluso en sueños su mente le reclamaba cambiar el mapa.

Abrió la ventana. La cerró de inmediato. Casi le alcanza el ataque un tentáculo de calor pegajoso. Las seis de la mañana y la temperatura no había bajado. “Cuando despertó, el monstruo seguía allí”.

Ducha. Revisó el billete. Se colgó las dos bolsas. Calculó que no le daba tiempo a desayunar. En el tren reanudó la lectura de un tomo de manga que a los pocos minutos de recorrido se le había agotado. Consternada, dormitó encogida de frío acondicionado para otros cuerpos. Se despertó de verdad al pisar la nueva ciudad. Disfrutó con las pocas consultas que hizo al plano. El gesto se puede comparar con leer un cartel u observar una señal, pero realmente leer planos le aportaban un placer muy concreto.

En pocos pasos, y unas tostadas, alcanzó el lugar señalado. Se relamió cruzando el pasillo planteándose que dispondría de tiempo para echar un vistazo al material tras culminar la misión. Penetró hasta el ascensor. Quinta planta: administración y dirección. Una sonrisa le recibió agradablemente. Su propietaria la abandonó en una sala. “Voy a por Luis”. Quién será Luis, se preguntó. Pero no hurgó más en sus recuerdos. Sus ojos no podían parar de inspeccionar con entusiasmo el lugar donde había ido a parar.

Era un espacio cuadrado, rodeado de estanterías. Los libros no se repartían en hileras, como en cualquier establecimiento público de préstamos de publicaciones. Se amontonaban en torres. Cada torre acumulaba una cantidad distinta del mismo ejemplar. Había decenas de torres de diferentes alturas rodeando la sala. Las paredes, las estanterías, eran de una madera envejecida muy bella. Un tono marrón claro, placentero. Luego se arrepentiría de no haberla olido de cerca. En el centro de la estancia, la madera se transformaba en una amplia mesa. Había varias lámparas que parían una luz exacta y mágica: no era demasiado hiriente, como la de cualquier hospital del que apetece huir aceleradamente, pero tampoco era una ambientación nocturna de buhardilla o anticuario.

El diseño era tan perfecto que el uso destinado a aquel lugar se hacía evidente, casi sagrado. ¡Era una sala de un club de lectura!

Permaneció extasiada. Un paraíso microscópico en el lugar menos esperado. Cuando ya la había adorado a un nivel adecuado, Luis y la sonrisa aparecieron. La reunión no comenzó de la forma habitual. No consiguió reproducir el discurso. No pudo ni quiso evitar interesarse por la actividad en la sala. “Una vez dinamicé un club de lectura”, confesó. De repente, se encontró charlando cómodamente con dos personas desconocidas de libros, de gente que lee, de señoras que descubren que aprecian algo que creían despreciar, de jóvenes que descubren su necesidad de expresarse. “Un chico incluso nos pidió una sala para presentar su libro a sus amigos”, presumió la sonrisa. Todo se mezcló y la reunión fluyó.

En cuanto les presentó la propuesta, quisieron colaborar. Necesitaban un lugar para que esas chicas y chicos pudieran desfogar toda aquella energía creativa. Publicarían sus pensamientos, sus ideas, compartirían con otras personas. Fantasearon con las posibilidades: entablar contacto con otros clubes de lectura, seleccionar y recoger relatos y poemas en publicaciones, presentaciones en la ciudad, boletines elaborados sólo por ellas y ellos. Incluso trazaron muy seriamente el plan de encontrarse presencial y digitalmente con otros grupos de lectura de una localidad portuguesa con la que habían soñado un proyecto de lectura.

Se despidió de Luis y la sonrisa. Evitó consultarse si sería doloroso no volver a aquel encantador lugar. Tomó el ascensor. Cruzó el pasillo. Cualquiera hubiera calificado la salida de la biblioteca como una huida, teniendo en cuenta que tenía tiempo de sobra y la temperatura ambiente, aquel era el lugar más indicado para aguardar.

En la calle, preguntó por la catedral. Había olvidado incluso el mapa. Siguió durante 20 segundos las instrucciones recibidas, pero al 21 torció en dirección opuesta. Se adentró en el parque central. Escogió un banco. Abrió la novela. Valoró brevemente que en esos momentos disponía del mejor empleo del mundo. Se tocó la cara. Hizo un descubrimiento. Se alteró, ligeramente preocupada. Los dedos permanecían en su cara, constatando lo que su cerebro no quería admitir. ¿Cómo no se había percatado antes? Mientras leía, se había convertido en una sonrisa.

Poco después, la misión estaba cumplida en tiempo récord. De vuelta al cuartel base. Se auto inculpó suavemente de que quizá no le había dado la oportunidad apropiada a la ciudad. Resolvió que quizá las guías señalaban otros puntos de interés, pero su experiencia en la amorosa sala del club de lectura y leyendo-sonriendo en el parque había resultado altamente satisfactoria.

Fin del informe.

Gracias, angua bipolar  😉