La publicidad participa plenamente de esta ambientación sintética que nos persigue por doquier, sea cual fuere nuestra actividad, y genera un ruido de fondo permanente que en el fondo siempre martillea la misma consigna: “No hay nada afuera”.

En “Brazil”, la película de Terry Gilliam, las vallas publicitarias ubicadas a lo largo de las carreteras impiden que lxs automovilistas dirijan su mirada más allá, hacia el paisaje no urbanizado y la naturaleza.

Ocultan el horizonte de la conciencia sepultándolo bajo las mercancías.

contaminación visual

Pero esta película revela también una segunda función de la publicidad contemporánea: ese “afuera” es un desierto, el mismo que produce este modo de vida cuya apología crean lxs publicistas.

Al imbuirnos continuamente de la certeza de que no es posible otro mundo, y ni si quiera deseable, al ocultar la envergadura del desastre, la publicidad desactiva todo lo que podría conducir a un rechazo del mundo industrial; es más, canaliza el descontento que éste suscita hacia los exutorios de mercado que favorecen su desarrollo (viajes al trópico, medicamentos, calmantes, gimnasios, juegos de azar, etc.) y nos aleja de cualquier reflexión sobre la vida que estamos obligadxs a llevar.

“De la miseria humana en el medio publicitario”, Grupo Marcuse

foto: andré ramírez, cc en flickr