– (…) Me han traído una cantidad de documentos que todavía no he mirado.

Prisioneros políticos españoles, detenidos portugueses, iraníes perseguidos, rebeldes congoleses, cameruneses, guerrilleros venezolanos, peruanos, colombianos, siempre está dispuesto a ayudarlos en la medida de sus fuerzas. Reuniones, manifiestos, mítines, octavillas, delegaciones, nada le desanima.

– Trabajas demasiado.

– ¿Por qué demasiado? ¿Qué otra cosa se puede hacer?

¿Qué hacer cuando el mundo se ha descolorido? No queda más que matar el tiempo. Yo también atravesé un mal período, hace diez años. Estaba asqueada de mi cuerpo (…) Envejecer me angustiaba. Y después emprendí un estudio sobre Montesquieu, logré que Philippe se diplomara, hacerle comenzar una tesis.

Me confiaron unas clases en la Sorbona que me interesaron aún más que el liceo. Me resigné a mi cuerpo. Me pareció resucitar. Y actualmente, si André no tuviera una conciencia tan aguda de su edad, olvidaría la mía fácilmente.

Ha vuelto a salir y me he quedado todavía un largo rato en el balcón. He mirado girar sobre el fondo azul del cielo una grúa color minio. He seguido con la mirada un insecto negro que trazaba en el azul un ancho surco espumoso y helado. La perpetua juventud del mundo me corta el aliento. Cosas que amaba han desaparecido. Muchas otras me han sido dadas.

Simone de Beauvoir en “La mujer rota”

(Gracias, Alberto)