María, una chica que conocí en Fundación Chandra y trabaja en una organización de cooperación, estaba en Haití cuando ocurrió el terremoto.

Por fin nos ha escrito.

Reproduzco completamente su mensaje:

Querid@s tod@s,

Dos semanas después de regresar de Haiti, por fin encuentro el tiempo y las ganas para escribiros para contaros un poco cómo ha sido lo vivido allá.

Como imagináis, los 19 días que estuve en el país se dividen en dos partes bien diferenciadas. Hay un antes y un después del día 12, está claro, y a pesar de que el entorno (y en fin, el país entero) cambiaron radicalmente con el terremoto, hay una constante que permaneció inalterable del primer al último día: el valor del pueblo haitiano.

Y digo valor en los dos sentidos: el metafórico que habla de la calidad humana de los hombres y mujeres que encontré a lo largo de estos días, y el literal que se refiere a un pueblo valiente, que no se acobarda, reacciona, trabaja y se organiza, en la cotidianidad y en la emergencia, para salir adelante.

Como sabéis, viajábamos con Alejandro (documentalista cubano-guatemalteco y por encima de eso, amigo) a Haití para filmar un documental sobre las condiciones de vida (de supervivencia más bien), en una comunidad rural del sudeste haitiano, Anse a Pitres. Allí, desde el primer día, trabajamos y convivimos con una serie de personas vinculadas a CROSE, la ONG haitiana con la que mi organización trabaja apoyando a agricultores, pescadores y comerciantes para mejorar sus condiciones de vida. Bertrand, Zidor, Gerline, George, Fito… nos recibieron desde el primer día con los brazos y las mentes abiertas, para ayudarnos a identificar y filmar las situaciones de la vida cotidiana que sirvieran para hacer entender a la gente en España que, incluso en las condiciones más desfavorables, con la naturaleza y el contexto nacional más adverso, la gente se organiza, demanda y promueve cambios y, sobre todo, trabaja y lucha por salir adelante, alimentar a sus familias y construir un país.

El día 12, el terremoto nos pilló filmando. Estábamos al lado del mar, y aún así, lo que sentimos durante el largo minuto que la tierra tembló, nos hizo temer lo peor. “Esto tuvo que hacer mucho daño en alguna parte”, dijo Alejandro. En aquel momento no podíamos imaginar el alcance de esas palabras.

Esa noche fue muy larga para mí, mucho. Fue el único momento que en 15 días sentí miedo. Miedo a la alerta de tsunami que se había decretado para todo el Caribe, y mucho miedo por las consecuencias de lo ocurrido para las frágiles condiciones de vida en Haití.

La mañana del 13, Bertrand regresó a Anse a Pitres. Se había marchado el día anterior en coche a Puerto Príncipe para hacer unas gestiones, y el terremoto le encontró entrando en la ciudad. Cuando volvió, sus ojos reflejaban el horror de lo que había visto en la capital. Mi noche debió pasar en lo que dura un pestañeo, comparada con la suya: nos contó que el coche se movió y saltó de un lado a otro de la calle, mientras a su alrededor se caían edificios enteros, levantando nubes de polvo. Esa noche la pasó en un parque, con otros miles de personas, heridas y desorientadas, oyendo los lamentos y los gritos de quienes habían quedado bajo los escombros. Con la primera luz emprendió el regreso porque quería saber algo de su gente, su familia en Anse a Pitre y en Jacmel. Hizo el viaje solo, vino a buscarnos y sus palabras se me quedaron grabadas: “Beaucoup, beaucoup de gens morts… Port au Prince n’existe plus… est a reconstruire”.

Ese día, con Bertrand y el resto de compañer@s de CROSE, nos pusimos en camino a Jacmel. Es la capital del departamento Sudeste, donde está la sede central de CROSE, y de donde proceden la mayoría de ell@s. Sabíamos que Jacmel estaba seriamente afectada también, al igual que Puerto Príncipe. Por supuesto, tod@s estaban preocupadísimos por los suyos, pero también querían ponerse a disposición de la asociación para ayudar en lo posible. Alejandro y yo preguntamos en qué podíamos ser útiles, y nos dijeron que, ya que teníamos los medios y la disposición de ánimo para hacerlo, por qué no intentábamos contar desde dentro lo que había ocurrido en Jacmel. La atención informativa del mundo estaba centrada en la capital, y les dolía ver que nadie testimoniaba los pequeños Puertos Príncipes del resto del país.

Y nos pusimos en marcha. 11 personas apretadas en un jeep, dando tumbos durante 7 horas para recorrer los 140 kilómetros que separan Anse a Pitres de Jacmel. Nadie habló en el camino, creo que los pensamientos de todos estaban puestos en lo que nos íbamos a encontrar al llegar a Jacmel.

A partir de Belle Anse, una hora antes de llegar, los daños comenzaron a ser evidentes. Pero nada nos podía preparar para la visión de la ciudad rota que nos recibió… Ya en el primer recorrido por las calles de Jacmel, esa misma tarde, cámara en mano, las grietas de los pocos edificios que se sostenían en pie, se nos fueron grabando a nosotros también por dentro.

Conocimos a Harold, un pintor cuya casa estaba literalmente pulverizada a nuestros pies. Él y sus siete hijos salieron corriendo mientras el techo se desmoronaba, pero al día siguiente de perderlo todo, salvo la vida y la dignidad, rescató sus materiales de entre los escombros y empezó a pintar de nuevo. En el patio de su vecina, donde tenían su refugio provisional, nos enseñó las dos obras que habían comenzado. Estaban llenas de color.

En Jacmel conocimos muchos Harolds. En el campo de fútbol donde más de 4.000 personas dormían desde hacía tres días, y en las decenas de agrupaciones de personas que se instalaban en cualquier espacio abierto, a lo largo de toda la ciudad, la gente se organizó sin ayuda. Las mujeres cocinaban, los hombres iban a por leña, los niños intentaban traer agua. Cuando nos veían llegar, dos blancos con una cámara, acompañados de Bertrand, el tercer (o primer) mosquetero, y escuchaban por qué estábamos allí, nos lo enseñaban y nos lo contaban todo: cuál de las montañas de escombros había sido su casa, cuánto y a cuántos habían perdido, cuánto trabajo iba a hacer falta para recuperarse ellos mismos y a su amada ciudad…

También conocimos mucho dolor. El ajeno del muchacho que llevaba horas llorando en la calle sin decir una palabra, y el del padre que, con la mirada perdida, esperaba que sus vecinos, apartando con sus manos trozos de hierro y piedra de las ruinas de su casa, hallaran al bebé que dormía en su cuna el día 12 a las 5 de la tarde. No consigo imaginar lo que sentía este hombre, allí sentado esperando.

No puedo describir ese dolor, ni tampoco el olor que en esos días se fue apoderando de muchos rincones de la ciudad. Llegar a una escuela donde ves a la gente del barrio retirando escombros para liberar a los dos cuerpos de estudiantes que asoman medio sepultados entre las ruinas, y enterarte esa noche que sacaron 30 más… duele.

Pero el dolor propio que recuerdo más vivamente lo sentí la cuarta noche, cuando empezó a llover intensamente. Después de lo visto y lo vivido en las calles, nos miramos tod@s a los ojos y sentimos lo que debía estar suponiendo a las miles de familias cuyo único techo eran las estrellas. Esa noche llovió mucho, por fuera y por dentro de nosotros.

Quienes nos mirábamos éramos desconocid@s unos días antes. Pero debe ser cierto que las circunstancias extremas unen mucho, ya que hoy, al pensar en ellos, lo hago como si fuéramos viej@s amig@s. Ilse, cooperante belga que trabaja con CROSE, Alex y Hernán, suízo y español de la ONG ACPP, Julie, francesa profesora de música en una escuela de Jacmel, Eliciane, Stanley, Stephane, Roland… y así hasta 200 jóvenes que desde el primer día del terremoto se fueron llegando a CROSE para preguntar en qué podían ayudar.

Ayudaron, y mucho: CROSE organizó a todos estos voluntarios y puso en marcha, desde el día 13, una evaluación de daños puerta a puerta. Salían con fichas en blanco, y llegaban cargados de datos sobre el número de personas afectadas, de casas colegios o negocios destruidos… Al final del día, cuando ya no había luz para filmar, Alejandro y yo nos uníamos al grupo de personas que pasaban los datos de estas fichas a hojas excel, para poder hacer la estadística. “Dunon Pierre, une famille, 5 personnes, maison moyen, destruction total…” Transcribir esos nombres y esos datos eran un ejercicio aún más duro después de ver durante el día los rostros de tantos Dunon Pierres,

Y a pesar de todo, eso es lo que me queda. Esos rostros y esas miradas que en ningún momento fueron resentidas ni agresivas, o siquiera hurañas. Comprobé maravillada que, lo que me había llamado la atención a mi llegada a Anse a Pitres (ese mirar derecho en los ojos, honesto, y esa transformación de la primera apariencia de seriedad en una sonrisa deslumbrante, al comprobar que “el blanco” te devuelve la mirada y la sonrisa), que todo eso se mantenía incluso en las circunstancias más terribles, tras perderlo todo. Echo de menos ese contacto visual profundo aquí en Madrid. Nos hemos olvidado de lo importante que es mirar a los ojos.

Echo de menos muchas otras cosas en España. Por suerte, aquí tengo mi casa, enterita, y lo más importante, a mi familia y la gente a la que quiero. Ahora valoro más que nunca la importancia de ese sentimiento y la fragilidad de todo lo demás, lo material que se cae cuando la tierra tiembla. Mi primera lección es que lo que una siente se puede tambalear, pero esos cimientos en general soportan mejor los terremotos e impiden que se caiga.

La otra lección ya la habréis deducido de todo lo anterior. Y es que hasta en las circunstancias más extremas, la gente (el pueblo haitiano en este caso), reacciona solidariamente, se apoya, se ayuda y comparte lo poco que les queda. No me gustaría volver a vivir una situación parecida nunca más, pero ya que ha sido así, agradezco de corazón la oportunidad que me ha dado la vida de vivir y de aprender eso. Duele mucho leer ahora lo que la prensa transmitió esos días terribles sobre robos, pillajes, saqueos… En Jacmel no ocurrió nada de eso, pero incluso en Puerto Príncipe, fueran casos aislados o generalizados, imagino que tras una semana en la calle, hambrienta y sin que la ayuda se atreva a aterrizar, yo tampoco hubiera respetado la propiedad privada del supermercado en ruinas. Si le llaman delito, yo le llamo supervivencia.

Ya termino.

Sabéis que trabajo en cooperación desde hace algunos años, y que no os suelo dar la lata con solicitudes de colaboración, pero esta vez es diferente. En Jacmel fui testigo de lo que esa colaboración puede significar en un momento de necesidad extrema: la diferencia entre tener medicamentos para curar a los heridos o no; entre poder o no adquirir una tienda de campaña que refugie a una familia de la lluvia; entre llenar el depósito de gasolina para desplazar a los voluntarios que van a evaluar los daños en una remota comunidad rural; entre alimentar o no a 200 voluntarios que llevan desde la 7 de la mañana anotando daños en los edificios…. y un largo etcétera.

Por su inmediata reacción, y por su buen hacer, a CROSE no le van a faltar apoyos de organizaciones como la mía, financiando proyectos de emergencia y de reconstrucción. Pero me consta que gastos como los que os acabo de enumerar, que están asumiendo personalmente a través de los créditos que han solicitado, no se cubren con los proyectos futuros.

Por eso hago esta excepción, y os pido, a quienes queráis y podáis, que apoyéis este trabajo que ellos están haciendo. Desde España sigo colaborando con CROSE en la comunicación de la situación en Jacmel y de todas las acciones que han puesto en marcha. Hemos creado un blog donde se van colgando las novedades, los balances de daños personales y materiales, los primeros repartos de ayuda…

En unos días Alejandro terminará también la edición del documental sobre Jacmel. Se lo enviará directamente a CROSE para que lo muevan como consideren, pero por nuestra parte también vamos a intentar darle el máximo de difusión. En cuanto lo reciba os daré más noticias, y si a alguien se le ocurre a dónde puedo enviarlo o dónde podemos organizar una proyección, por favor contactadme.

En el blog veréis que también hemos colgado una solicitud de colaboración económica, con números de cuenta en Bélgica, en España y directamente la de CROSE en Haití. La cuenta española es mía, la he abierto únicamente con esta finalidad, para quienes queráis evitar los gastos de una transferencia internacional (aunque debéis saber que en principio los bancos se han comprometido a reembolsarlos si es para la emergencia en Haiti). Todo lo que vaya llegando a ella lo remitiré directamente a CROSE. Cuando lo haga, os enviaré a todas las personas que hayáis aportado algo los movimientos en la cuenta para que no haya ninguna duda.

Copio aquí los enlaces al blog en español (http://crose-haiti-es.blogspot.com/) y francés (http://crose-haiti.blogspot.com/), y los números de cuenta, para que lo reenviéis a quienes creáis que les puede interesar la información o colaborar.

Número de cuenta en España: 1465 0100 93 2025941567
IBAN para operaciones internacionales: ES58 1465 0100 93 2025941567
(Titular: Maria Sande Landeira)

Número de cuenta de Crose en Haïti: 700-1322-836550
Banque: UNIBANK
Swift code: UBNKHTPP
(Titular: KROS/Autres Projets)

Número de cuenta en Bélgica: 001-2972851-71
IBAN pour virement bancaire international: BE48 001-2972851-71
(Titular: Ilse Roels)

Muchas gracias por aguantarme el rollo… ya tenía ganas de soltarlo, y así os evito el tener que escucharlo en persona!!

Un beso grande a tod@s

María