No estaba ahí. La mesa. El sobre. El armario. La carpeta. No. En su vida cotidiana, no había nada de aquello. Había cerrado el libro con la seguridad de encontrarlo. La lectura. Le había recordado a algo familiar. Esa magia. Ese cuento. Ese duende de la creación. Lo terrible. El temblor de apreciar algo desde tan cerca. De arrimar las manos a alguien con algo. Algo confidencial y valioso para las mentes que pasan su jornada en las nubes. A primera vista, todo aquello se había perdido. No se encontraba ahí ya. No. Pero ella estaba dispuesta a tocarlo todo. A reconvertirlo a esa religión con el simple tacto. Esa era ella. Cuando cerraba un libro como había cerrado aquel, sentía toda esa seguridad.