Parte de la ofensiva ética-ideológica expuesta debe dedicarse a proporcionar apoyo material y moral a los portavoces más articulados y agresivos de los particularismo sexuales, raciales, religiosos y étnicos.

Éstos han de tener también un acceso generoso a los medios de comunicación digiridos específicamente a cada grupo, que habrá que crear y financiar cuando no surjan de forma espontánea.

Buscamos, por así decir, fundamentalistas y supremacistas negros, blancos, marrones y amarillos; homosexuales, lesbianas, feministas y falocráticos; judíos, cristianos, hindúes y musulmanes, así como grupos profesionales vulnerables y menospreciados (…) todos los cuales tendrán sus propios periódicos, revistas, radios, televisiones y páginas web, y todos los cuales estarán preocupados, por encima de todo, por sus derechos.

Estos derechos han de concebirse y defenderse con vehemencia, no sólo en negativo (es decir, el derecho a no ser objetivo de acoso, violencia o discriminación), sino también en afirmativo (es decir, el derecho a recibir un trato especial en el nombre de errores pasados o presentes, reales o imaginarios), incluido el derecho a un Estado separado.

Dado que prácticamente todo grupo identificable sobre la Tierra ha sido, en un momento o en otro, en mayor o menor medida, víctima de algún otro grupo o simplemente de la historia y la geografía, el clamor pronto será cacofónico y ensordecedor, de forma que no se podrá oír por encima del estruendo ninguna otra llamada a las armas.

El objetivo es potenciar la fragmentación, poner de relieve las diferencias con los demás y crear guetos, tengan o no base en la realidad o en la tradición.

“Informe Lugano”, Susan George