Cuando anochecía, Susi tenía que regresar a su casa. Al otro lado del pueblo. Se acababan los juegos.

Con las bicis nos alejábamos por calles opuestas. Aullábamos. Así seguíamos un rato más juntas. Podíamos imaginar perfectamente por qué calle iba la otra por el sonido.

Y no parábamos de aullar hasta que se dejaba de oír el aullido de la otra.

Auuuuuuuuuuuuuuuuh!!!