Quizá todo empezó cuando ese par de misioneros dieron la charla en el colegio. Estábamos en ese lugar tan fascinante que era el salón de actos. Olía a polvo. A casa vieja que cruje. A objetos con historias.

No recuerdo qué contaron. Probablemente no reaccionamos apenas a lo que nos contaron. Probablemente se fueron con la sensación de que no había servido de mucho estar allí.