el blog de los proyectos de Olga Berrios

Activismo, Capacidades diversas

¿Determina el lenguaje nuestra visión del mundo?

Oliver Sacks en “Veo una voz”:

Charlotte es una niña de seis años sorda de nacimiento. Es muy juguetona, está llena de curiosidad, está decididamente abierta al mundo. Casi no se diferencia de una niña oyente de su edad.

Los padres de Charlotte, en cuanto supieron que era sorda (tenía unos meses) decidieron aprender un lenguaje de señas, pensando que ella no podría aprender con facilidad un lenguaje hablado. (…)

Cuando fui a visitar a Charlotte y a su familia, lo primero que me sorprendió fue que eran una familia, una familia llena de alegría, llena de vitalidad, llena de preguntas, unida.

No advertí ni rastro de ese aislamiento tan frecuento en los sordos… y no había ni rastro de idioma “primitivo” (“¿Qué es esto? ¿Qué es aquello? ¡Haz esto! ¡Haz aquello!”), de esa actitud protectora (…).

A unos cuarenta y cinco kilómetros de Albany hay un bosque y un río, y allí fui más tarde en coche con Charlotte, sus padres y su hermano.

A Charlotte le gusta el mundo de la naturaleza tanto como el mundo humano, pero le gusta de un modo inteligente.

Sabía distinguir entre diferentes hábitats por cómo convivían las cosas en ellos; percibía la cooperación y la dualidad, la dinámica de la existencia.

Le fascinaban los helechos que crecían junto al río, comprendía que eran distintos de las flores, entendía la diferencia entre esporas y semillas.ntusiasmo ante las formas y los colores, pero luego hacía una pausa para preguntar “¿Cómo?” y “¿Por qué?” y “¿Y si?”.

Era evidente que lo que quería no eran datos aislados sino conexiones, comprendión, un mundo con sentido y significado.

Nunca vi con mayor claridad el paso de un mundo perceptivo a un mundo conceptual, un paso imposible sin diálogo complejo, un diálogo que se produce primero con los padres pero que luego se interioriza como “el hablar consigo mismo”, como pensamiento.

El diálogo pone en marcha el lenguaje, pone en marcha la mente, pero una vez puesta en marcha desarrollamos una nueva facultad, “el diálogo interior”, indispensable para la fase siguiente, para el pensamiento.

“El lenguaje interior”, dice Vygotsky, “es un lenguaje casi sin palabras […] no es el aspecto interior del lenguaje externo, es una función en sí…

Mientras en el lenguaje externo el pensamiento se encarna en palabras, en el interno las palabras mueren al formar el pensamiento. El pensamiento interior es en gran medida pensar en significados puros”.

Empezamos con el diálogo, con un lenguaje que es externo y social, pero luego, para pensar, para convertirnos en nosotros mismos, tenemos que pasar a un monólogo, al lenguaje interior.

El lenguaje interior es esencialmente solitario, y es profundamente misterioso, tan desconocido para la ciencia, según Vygotsky, como “la otra cara de la luna”.

“Somos nuestro lenguaje”, se dice a menudo; pero nuestro lenguaje real, nuestra identidad real, reeside en el lenguaje interior, en esa generación de sentido y corriente incesante que constituye la mente individual.

El niño va elaborando significados y conceptos por medio del lenguaje interior; por el lenguaje interior alcanza su propia identidad; por medio de él construye, por último, su mundo propio. Y el lenguaje interior (o la seña interior) de los sordos puede ser muy característico.

No cabe duda alguna de que la realidad no se nos “da”, sino que tenemos que construirla nosotros mismos, a nuestro modo, y que la cultura y el mundo en que vivimos nos condicionan cuando lo hacemos.

Es natural que nuestro lenguaje exprese nuestra visión del mundo, cómo percibimos y construimos la realidad, pero ¿va aún más allá? ¿Determina el lenguaje nuestra visión del mundo?

Ésta fue la célebre hipótesis que propuso Benjamin Lee Whorf: que el lenguaje surge antes que el pensamiento y es el determinante principal del pensamiento y de la realidad (Whorf, 1956).

Whorf llevó esta hipótesis a sus últimas consecuencias: “Un cambio de lenguaje puede transformar nuestra visión del cosmos” (creía, de acuerdo con esto, basándose en la comparación de los sistemas de los tiempos verbales, que los angloparlantes tenían una visión del mundo newtoniana y los que hablaban hopi una einsteiniana y relativista).

Sus tesis provocaron muchos malentendidos y mucha polémica, parte de ella de un tipo francamente racista.

Pero los datos, como indica Roger Brown, son “extraordinariamente difíciles de interpretar”, en buena parte porque carecemos de definiciones independientes adecuadas de pensamiento y lenguaje.

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