A veces animalizo sentimientos.

En mi casa tengo un dromedario equivocado. Es alto. Tanto que tiene que agachar el cuello y aún así la cabeza le toca el techo. De hecho se pasa el día arrastrando sus pezuñas por el suelo y su cabeza por el techo. Si lo veis coincidiréis en señalar conmigo que su imagen es un tanto penosa.

Vive en mi habitación, encajonado entre la cama y el armario. Es muy peludo, aseado y tiene cara de bobo. A veces pienso que odia la navidad cristiana y huyó de algún reclutamiento para una cabalgata.

Resopla muy a menudo. Se queja cuando le pican las orejas. Supongo que se siente fuera de lugar, como en casa ajena. Lleva ahí un tiempo pero reconozco que ni me fijo. Le trato como a una planta: a veces lo riego, pero casi nunca le miro.

Últimamente parece cansado, como anegado de algo. El espacio le atraviesa, confundido, porque su materia no se hace la fuerte. Avergonzado se revuelve, bufa y luce de nuevo enlatado en su rincón. Al poco… sigue quieto. Como guardando una fila de un único camello. El espacio le revienta, le engulle. Hasta que se siente estúpido de nuevo y vuelve a su torpe cuerpo.

¿Qué hace ahí solo? ¿No suelen ir en manada o al menos en trío? Tiene aspecto de haberse equivocado de sitio, pero no se le ocurren ideas mejores que la de alimentarse de mis cortinas y perfeccionar sus lastimosos resoplidos.

Ya no puedo más. Nadie le invitó a casa e incluso le retiro la mirada ante sus ojos suplicantes. El otro día -sigilosamente- entré en la habitación (nuestra habitación ya) y me acerqué a su jorobado lomo por la espalda. Sin mirarle, le eché unas gotas de colonia. Para camuflar su olor. Para olvidarme de él.