Es el mejor libro de cuentos que he leído en mucho tiempo. Por cierto, soy fan de la (llamada) literatura infantil.

“Los misterios del señor Burdick” es obra de Chris van Allsburg.

Estos misterios son minicuentos plásticos, término que me acabo de inventar y que designa a relatos que constan de un título, una frase (que es el cuerpo del cuento) y una ilustración.

Para muestra, un botón:

La casa de la calle Maple
Fue un despegue perfecto

La casa de la calle Maple

La gracia está en que son un tanto absurdos, misteriosos y dejan volar la imaginación de manera en que, si te da la tarde, te puedes montar un libro de cuentos a partir de estas sugerencias e incluso colgarlos en una web, donde podéis encontrar varios de los misterios del señor Burdick más los cuentos del tipo o la tipa fan del libro.

¡Pasen, pasen!

En respuesta a algunos comentarios, reproduzco parte de este artículo de Jose Ramón Peláez:

Más allá de las buenas intenciones de quien da de este modo una ayuda, no podemos olvidar nunca que, desde el punto de vista de las organizaciones que lo promueven, el apadrinamiento es una técnica de marketing.

Saben muy bien lo difícil que es captar la atención de los posibles donantes –más cuanto mayor es la oferta de organizaciones benéficas- y especialmente lograr una aportación cuantiosa por parte de estos en una cultura en la que hace siglos que la limosna se convirtió en dar unos céntimos de lo que nos sobra.

Pedir dinero para un centro educativo, un pozo, el saneamiento de un poblado,… no mueve los sentimientos y menos los bolsillos. Dividir el importe del proyecto entre un número determinado de niños y asignar cada niño a una persona es más efectivo.

Es una táctica para conseguir socios estables que cada mes entreguen sus 10 o sus 20 euros, ya que, de otro modo, hay mucha gente que no darían con facilidad esa cantidad o no la mantendrían en el tiempo.

Es una técnica de marketing que maneja los sentimientos y el individualismo (apadrino a mi niño), y que supone especialmente una complicidad con los grupos de comunicación y las grandes empresas donantes a las ONG.

Estas no se ven denunciadas por su responsabilidad en las causas de la miseria, y además, se les proporciona un nuevo cauce para sus conocidas estrategias de marketing solidario destinadas a crear una buena imagen corporativa,…

Todas estas, son prácticas que, en definitiva, ponen de manifiesto el espíritu burocrático que domina unas ONGs cada vez más impregnadas de la cultura neo-liberal que extiende sus criterios empresariales a toda la vida social, y que se rigen, sin disimulos, según los dictados de los manuales de gestión de entidades no lucrativas elaborados por conocidas escuelas de negocios.

Están, por tanto, cada vez más lejos de un compromiso real por combatir al Imperialismo que impone su modelo de globalización.. Aunque esto no es nada nuevo, si recurrimos a la historia vemos como muchas de estas obras de cooperación repiten el modo de actuar de las viejas obras benéficas con que la burguesía quiso acallar las protestas del Movimiento Obrero en el siglo XIX.

Esto es así, pero no es lo que más me preocupa, el problema más grave de apadrinar niños, como el de todo asistencialismo, es el efecto narcótico que produce sobre la sociedad (esto sí que es el opio de la burguesía) y, en consecuencia, su contribución positiva a que se perpetúen el sistema económico y las formas de vida que causan el empobrecimiento de tantas familias y la muerte por hambre de 50.000 niños cada día.

Los que llevamos años en la calle denunciando las causas del Hambre, el Paro y la Esclavitud Infantil y dialogamos, de este modo, sobre el tema con cientos de personas cada año, sabemos que junto a las respuesta típicas de la indiferencia (no tengo tiempo, no me interesa de momento,… ) hay una respuesta que cierra especialmente a las personas para una reflexión y un diálogo sobre las causas políticas y económicas del hambre y sobre la responsabilidad de nuestro modo de vida como enriquecidos en ellas, es la respuesta Yo ya tengo apadrinado un niño.

Si partimos de lo que nos enseñaba Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis, que el hambre es un problema político, pues con las tecnologías disponibles el mundo podría alimentar hoy a más del doble de la población actual (eso sí, no al ritmo de derroche consumista que nos parece normal a las sociedades enriquecidas), y que, por tanto, tiene solución transformando de raíz las relaciones comerciales, financieras, tecnológicas y políticas que causan el enriquecimiento de unos pocos y el aumento continuo de los que mueren de hambre, la respuesta YO YA [hago bastante] con apadrinar un niño pone de manifiesto hasta qué punto esta práctica, y cualquier otro asistencialismo más o menos disimulado, apuntala un sistema injusto y es, por tanto, una agresión objetiva a millones de empobrecidos que lo están padeciendo.

Está impidiendo que se tome conciencia política sobre el problema del hambre y que la sociedad se organice para erradicarlas.

Me sigo preguntando si -porque haya poca solidaridad- debemos aceptar cualquier tipo de solidaridad, a veces sin calidad y sin que se pueda reclamar.

No se me desanimen. Hay muchas otras formas de aportar algo.

He tenido un sueño. En realidad fue en julio. Se me ocurrió proponer en el Cogam una actividad para este curso. Se trata de un club de lectura.

El objetivo es armar de argumentos a quien se pasa por ahí. Es decir, hacer activismo, pero entendiendo por qué y para qué.

Y, bueno, también porque últimamente vivo más en la biblioteca que en mi caja de zapatos.

El primer paso fue formular el proyecto. Lo estuve comentando con la coordinadora y le pareció buena idea. “Pero quizá tengas que desarrollar un poco más el documento”.

Incluso me recomendaron libros. Empecé a leerlos incluso sin tener claro que se fuera a crear el club. Apunté temas: lesbianismo (claro), feminismo, transexualidad, homosexualidad en general, relaciones familiares.

La idea me empezó a emocionar aún más cuando se me ocurrió que el proyecto podría abrirse a lectoras (y lectores) de otros lugares a través de Internet con -cómo no- ¡un blog!

El blog serviría para anunciar los libros. Las ciberlectoras harían sus aportaciones virtuales, que se leerían durante las sesiones presenciales y se colgarían en el sitio.

Luego, mi hermana me pasó documentación sobre cómo se crean los clubes literarios.

Entonces vi claro algo: los libros tienen que conseguirse absolutamente gratis. Hablé con la señora bibliotecaria (“mi compañera de piso”) y me dijo que una sola biblioteca no podría comprar muchos ejemplares de un mismo libro, pero que contactara con la central.

Descubrí el maravillosísimo servicio de préstamo colectivo para ONG… ¡lo que estaba buscando!

Escribí al correo-e. No furula. Llamé. Nadie coge. Volví a llamar. Nadie coge. Llamé a los bibliobuses y me dieron otro correo-e. Nada. Otro teléfono. Nada. Envié un correo a la subdirección general de bibliotecas. Me dieron los mismos datos que ya tenía. Acabé acudiendo in person esta mañana a la oficina, que resulta estar en la misma biblioteca donde vivo.

El servicio ya no está en el lugar donde me indicaron. Llame usted a este teléfono el 11 de septiembre.

Por supuesto que volví a escribir a la subdirección general de bibliotecas para darle los datos correctos y noticias de los cambios en su propio servicio.

Además tengo otra inquietud. Si se llegara a formar el club… ¿le interesaría a alguien?

Continuará. (?)

A veces somos demasiado rápidos para criticar a quien tiene un problema. Está en la calle porque quiere. Por qué viene si no tiene papeles. Ella lo eligió, si no lo quería, ¿por qué no le dejó? Y a veces me dan ganas de pegar una colleja a quien suelta cosas así. Sed duros con esto. No dejéis que se hagan más comentarios estúpidos.

Ánimo, niña.

óxido

“Estos son Juani, Rober y Tere. ¡Todos en la calle!”.

Así nos presentaron. Ella estaba sentada en la esquina del sofá, hojeando algo.

Si estuviera en una foto y no supiera quién es, hubiera pensado que se trata de una señora consultando cómodamente la librería de su casa en una tarde de otoño, con sus gafas resbalando por la punta de la nariz.

Pero no. Es verano.

Ella viste vaqueros, bambas y una camisa a rayas ancha. Enorme. De hombre. Pensé que probablemente no tenían otra ropa en el ropero de la iglesia al que hubiera pedido ayuda.

Música clásica de fondo. El centro de día es muy confortable. Relaja. Tiene aspecto de club selecto para viudas.

“Qué bien está esto, nunca he estado aquí”, comento.

Ella ríe dulce. Sin hablar, dice que ella tampoco hubiera visitado este lugar nunca. Si tuviera algo a lo que agarrarse.

Pedro Cluster publica un inquietante artículo.

Si estás en la calle y el asistencialismo te atiende mal, negándote una plaza en un albergue injustamente o proporcionándote comida caducada… ¿a quién puedes reclamar?

El fondo del problema es filosófico. Bastante hacen con darnos lo que nos dan (caridad).

Tienen la sartén por el mango y el mango también. Encima no vamos a exigir. No tenemos ningún derecho y si lo quieres exigir, “ponte a trabajar”. Somos el único colectivo sin derechos.

Como se te ocurra reclamar, por muy justa que sea tu reclamación, se te cerrarán todas las puertas, el corporativismo entra en funcionamiento, y tu única salida será buscarte la vida en la calle. Los indigentes se acostumbran a bajar la cabeza y tragar con todo.

Salvo algunos que rompen con la situación y se salen de la red asistencial y deciden irse para siempre a la calle con todas las consecuencias. Pero el aparato de propaganda oficial dice enseguida “esto es muy díficil, fijate que hay gente que prefiere vivir en la calle. Cuando se les ofrece ir a un albergue se niegan”.

No será que ya han cubierto su cupo de humillaciones y desprecios. Como son indigentes no pueden ser tratados normalmente y mucho menos opinar sobre lo que a ellos les interesa.